Publicado en El Periódico de Aragón el 7 de noviembre de 2010
Un ministro franquista, Jorge Vigón, dijo en 1962 que la libertad empezaba «a partir de los 800 dólares anuales de ingresos mínimos por cada individuo». En 1960 la renta per cápita en España rondaba los 300 dólares. Sorprende que incluso desde el seno de la dictadura, donde la evolución política no llevaba ni de lejos la misma velocidad que la económica, se lanzaran mensajes tan premonitorios. A mayor desarrollo, mayor libertad. Hoy son muchos los expertos que toman como ejemplo otro sistema granítico, el chino, para esgrimir tesis similares. El recién galardonado con el premio Antonio Asensio de periodismo, Ignacio Ramonet, por ejemplo, decía hace poco que China no podrá seguir combinando su estructura política fija y el imparable desarrollo de su sociedad. Quizá la teoría de Vigón puede girarse como una tortilla para analizar la actualidad. Con la gente de a pie en plena involución económica, los gobernantes han perdido valentía, han replegado velas –alguno, y no miro a nadie, detrás de la banca– y han tirado de decreto (-tazo). Así, el pueblo no avanza, esta vez no por falta de libertad, sino porque no puede disfrutarla.
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