Mariano Rajoy sabe bien que el anticatalanismo en el resto de España es un río revuelto cargado de votos
Publicado en El Periódico de Aragón el 13 de abril de 2014
A medio camino entre la hipocresía y el cinismo, es probable que Rajoy disfrute ahora mismo de un discreto momento de satisfacción, y no precisamente por el duro golpe de imagen que ha sufrido su íntima enemiga la choferesa Esperanza Aguirre. Al margen de las peleas internas en el partido, de las que su proverbial quietud le impide ocuparse, no es difícil imaginar al líder del PP relamiéndose en la soledad de su sillón, pensando en los réditos electorales que le pueda proporcionar el (para muchos ya soporífero) órdago catalán.Se trata de una reedición de ese fenómeno bumerán que por ejemplo protagonizó José María Aznar para las generales del 2004, cuando su soberbia ciega le hizo la campaña a Carod Rovira. Cuantos más espumarajos echaba por la boca el entonces jefe del Ejecutivo contra los republicanos catalanes, más apoyos recolectaban estos en unos comicios en los que lograron ocho escaños en el Congreso (siete más que en el 93, 96 y 2000, y cinco más que en el 2008 y el 2011).
Ahora Rajoy se quiere aprovechar de la (inmensa) España que clama "¡qué se habrán creído!"; "lo que quieren es dinero"; "si se independizan que devuelvan el AVE" o el siempre socorrido "que se monten su propia Liga"; aunque, con algo más de sosiego, la que más adeptos acumula es la teoría de que los políticos catalanes intentan enmascarar los estragos de su mala gestión de la crisis mediante el relato del hipervictimismo (Artur Mas en su salsa) y supuestas heridas en un orgullo identitario, por cierto escasamente empático y que chirría por su tono altivo.
La radicalización de las posturas termina por reforzar los argumentos del de enfrente (Oriol Junqueras ha admitido con su oratoria florida que un menosprecio llegado del PP produce más independentistas que el propio discurso de ERC), pero por encima de todo aumenta el anticatalanismo en el resto del país, río revuelto cargado de votos. Más allá de planteamientos jurídicos y políticos y de maratonianas sesiones parlamentarias como la del martes, e incluso más allá de tímidas llamadas al diálogo o a retocar la Constitución, hay dos palabras que bien podrían confurdirse con un nuevo lema electoral del PP: ¡Queee no!

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