En ‘Público’ se calzaron las botas de siete leguas, quisieron explorar y llegar lejos y cayeron al abismo
Publicado en El Periódico de Aragón el 4 de marzo del 2012
Cuando escribió su propio obituario, hace casi cuatro años, el periodista Javier Ortiz se consolaba: «En fin, otro puesto de trabajo disponible. Algo es algo». El llorado escritor y columnista se había implicado desde el inicio, en el 2007, con el diario Público, donde tras una variada trayectoria siguió confirmando la certeza de su coherencia y sentido común. Allí coincidió, entre otros, con Rafael Reig, que en su sección Carta con respuesta... plasmó su ingenio, su llano desenfado y, sobre todo, una rotunda amplitud crítica sin cortapisas.Era el mismo periódico que empezó dirigiendo un joven Ignacio Escolar, acaso el primer periodista en su rango, natural y plenamente familiarizado con las nuevas tecnologías y el uso de internet. Unos se fueron, otros llegaron, contribuyendo a crear un espacio nuevo de confluencia. Comenzó poniéndose el listón alto. Se negó a publicar anuncios de prostitución y sustituyó la página del horóscopo por una amplia sección fija de ciencia. Quizá su potente versión digital fue la peor enemiga de su versión en papel, pese a sus atractivas ofertas de películas y libros de fin de semana. Puede que la campaña para salvarle de los números rojos llegara tarde. O quizá iban más allá que esa parte de la sociedad que espera actitudes críticas pero que no está especialmente dotada para la autocrítica y la verdadera implicación.
Las autopsias a este tipo de muertos suelen satisfacer hipótesis de lo más diferentes; desde los que de siempre sabían lo que iba a pasar, hasta los videntes que hasta interpretando el pasado se equivocan. En cualquier caso, Público ha sido socialmente un gran intento. Pese a su desaparición, ha dejado patente que hay iniciativas que sí pueden ser. Desde su Consejo Editorial, sus columnas y colaboraciones o su sección de Culturas han tratado de ampliar la perspectiva de las cosas. Quizá demasiado para ser considerado un proyecto emprendedor a la manera de Mariano Rajoy, que seguramente prefiere otros modelos, más como Dios manda.
En Público se calzaron las botas de siete leguas, quisieron explorar y llegar lejos y cayeron por el precipicio, esta vez sin tener escrito su obituario a tiempo. ¿Habrán aprendido algo? ¿Y nosotros?.
