El triunfo del «fascismo financiero» ha provocado, de momento, que Grecia deje de ser de los griegos
Publicado en El Periódico de Aragón el 26 de febrero de 2012
Grecia ya no es de los griegos, si alguna vez lo fue. Será porque es víctima del error del euro, como afirma Jorge Verstrynge, que acentúa las diferencias en competitividad y limita respuestas. O consecuencia retardada de las falsificaciones contables presentadas por el gobierno conservador de Karamanlis antes del 2009, que contó con la complicidad de Goldman Sachs, la empresa del ahora presidente del Banco Central Europeo y entonces vicepresidente para Europa, Mario Draghi. O por la evasión fiscal, que la OCDE estima en el 25% de su PIB. O por la presión de bancos alemanes y franceses, que es mucha, pese a la quita. O de las empresas armamentísticas, por cierto, muchas de ellas también francesas y alemanas, que tanto material han vendido a un país con un presupuesto en Defensa siempre desmesurado (durante años, en el seno de la OTAN solo EEUU superaba las cifras griegas). Demasiados jirones.Mientras, en el mundo de los pseudodioses del Parlamento, tanto el socialista Papandreu como el conservador Samaras, bajo el mando impuesto del tecnócrata Papadimos, se ven empujados a acatar un Memorando de entendimiento y a expulsar a 40 diputados que sí se vieron incapaces de dar un paso más allá de la ética o de la propia conciencia. El pueblo, abandonado y forrado a porrazos, ya no confía en unos líderes griegos que se han convertido en el brazo ejecutor de los verdaderos dioses o dueños del Olimpo (Merkozy, troika).
Es la democracia en la encrucijada, a la que no dejan reaccionar. Las comprometidas y orgullosas voces de irreductibles como Mikis Theodorakis o Manolis Glezos y el trabajo de organizaciones colectivas de voluntarios como Ekpizo apenas logran ser referencia ante tanto goteo de dramas anónimos. Es la lenta entrega, por una impagable deuda, de una nación que ya tiene el 28% de su población bajo el umbral de la pobreza. Es el triunfo del «fascismo financiero» que nos devuelve a una escena ya olvidada: el castigo ejemplarizante en la plaza pública europea para que sirva de aviso a quienes hoy aún solo miran. «España no es Grecia», forma parte de nuestra letanía diaria, pero, cuidado, porque su sombra se hace cada vez más nítida en el retrovisor.
