Sorprende que cada vez más gente se arrogue de una parte de culpa en el estallido de la crisis
Publicado en El Periódico de Aragón el 17 de abril del 2011
Hay frases que parecen canciones del verano: son estridentes, pegadizas y machaconamente repetitivas; pero desgraciadamente no se olvidan al llegar el otoño. Se quedan entre nosotros para resonar cuando menos te lo esperas como trompetas en una mañana de resaca. Una de ellas es más o menos reciente: «La crisis es culpa de todos porque nos hemos empeñado en vivir por encima de nuestras posibilidades». La segunda, referida a quienes nos gobiernan, es más antigua pero no deja de sumar adeptos: «Tenemos lo que nos merecemos». De locos.El profesor de la Universidad Carlos III Andrea Greppi escribió en el año 2005 que «la agonía de la democracia en tiempos de globalización» no depende tanto «de la maldad de los gobernantes, de la voracidad del mercado o de la ignorancia o la estupidez de los súbditos», como de que ya no hay nadie que esté «en condiciones de gobernar». Como consecuencia --añadió--, «no hay nadie que sea responsable de nada y no hay nadie que tenga la posibilidad de exigir responsabilidad».
Con unos gobernantes cada vez más a la deriva, es difícil precisar los puntos clave de la responsabilidad, pero lo es aún más si a la primera nos rendimos ante una clase política encantada de sacudirse el peso de la crisis sobre la población. Un ejemplo lo protagonizó en el 2010 el vicepresidente de Grecia, el socialista Theodoros Pangalos, cuando con el país en quiebra [los socialistas heredaron el falseamiento de cifras y el inexplicado despilfarro del anterior gobierno conservador] dijo que diez millones de griegos habían estado «robando al Estado». Un ejercicio de cinismo corporativo que, aunque no lo parezca, cala entre la gente.
Ante un panorama económico desolador, los grandes poderes no pierden ocasión para manipular, repartir o confundir las cargas de forma deliberada. Escapar a la vigilancia del pueblo y a la exigencia de responsabilidades es propio de las oligarquías, pero sorprende que en una sociedad democrática sean los propios ciudadanos los que renuncien a perdir explicaciones, escondidos detrás de unas culpas que no son suyas y de un fatalismo interiorizado con resignación. Cantinelas que los que manejan los hilos sí están encantados de escuchar las veces que haga falta.
