Un año antes de morir, Calvo Sotelo dudaba de que el método D’Hont fuera actualmente el adecuado
Publicado en El Periódico de Aragón el 24 de abril del 2011
La inminente llegada de la campaña electoral produce pereza. Ya solo estos días previos nos llevan a muchos a un estado de hastío inevitable. Hemos visto la película que viene a continuación tantas veces, todo se antoja tan previsible, que la mente se encasquilla en una foto fija y torturadora: uno se imagina días y días encadenado al mástil de un circo de varias pistas obligado a observar a los protagonistas habituales: ilusionistas --hay quien incluso se cree lo que dice--, equilibristas --alguno no cae del alambre ni a empujones-- y, por supuesto, payasos --el alma de todo espectáculo circense--.El guion no cambia: el sistema electoral ideado en 1878 por el belga Victor d’Hont y aplicado en España desde 1977 facilita una pelea bilateral entre los dos grandes, donde en ocasiones no falta premio para terceros hábiles en el arte del oportunismo. Parece mentira que Izquierda Unida no proteste más y más alto contra este método, porque no hay calculadora que no demuestre su tradicional desventaja. Por ejemplo, en Aragón, cada concejal de IU necesitó en el 2007 un respaldo medio de 647 votos. Nada que ver con los 143 del PSOE, 185 del PP, 256 de CHA y, atención, de 96 votos de media del PAR.
Nadie afronta seriamente este debate, aunque nunca han faltado voces pidiendo una revisión, incluida la del expresidente del Gobierno Leopoldo Calvo Sotelo, quien en el 2007, un año antes de fallecer, mantuvo una deliciosa entrevista con Justino Sinova en la que ponía en duda que la llamada ley D'Hont --«necesaria hace tres décadas»-- fuera adecuada en la actualidad. Lo mismo ocurre con el modelo de listas cerradas, donde en la práctica son los partidos los que eligen los rostros y el electorado el que ratifica después. Expertos como Ramón J. Moles avisan de que así se favorecen las «castas políticas» y los «sistemas electivos clientelares».
Sin dudar nunca de la esencia de la Democracia y admitiendo que no se puede despreciar la Política en su sentido más amplio y profundo, como avisaba hace poco el profesor Juan Manuel Aragüés en estas páginas, no está de más reflexionar seriamente sobre algunas reglas del juego, y sobre la forma y los motivos por los que muchos malabaristas de la gestión pública vienen una vez más a pedir el voto.
