El nuevo ágora

La explosión de las redes sociales ha sido una bendición para aquellos que intentan hacer ‘sociedad’

Publicado en El Periódico de Aragón el 4 de diciembre de 2011

Ni siquiera el padre del concepto aldea global pudo imaginar nunca cuáles serían los límites del famoso término. Marshall McLuhan, carismático pensador canadiense tan popular en la sociedad de EEUU de la época que incluso hizo un cameo en la película de Woody Allen Annie Hall, intuyó las posiblidades de lo que llamó «la nueva interdependencia electrónica» en ¡1962!, por lo que sus planteamientos bien podrían confundirse con una profecía.
    Muerto el último día de 1980, evidentemente no conoció internet ni el potencial de la red ni cómo entre todos podríamos algún día dar forma a una nueva civilización digital, proyectada en el ciberespacio, donde (casi) todos nos mantenemos unidos unos con otros; más cerca que nunca (el urbanista francés Paul Virilio dice que presenciamos el fin de la geografía, porque la distancia ya no importa).
    Internet, para bien y para mal, es el moderno ágora, el lugar natural de la democracia, un ámbito ni verdaderamente público ni totalmente privado, pero donde se encuentran lo público y lo privado. La explosión explosión de las redes ha sido una bendición para las posibilidades de elaborar pensamientos y prácticas conjuntas, de hacer sociedad, precisamente cuando los auténticos dueños del poder casi habían logrado erradicar ese peligro.
    Pero no hay un lugar, ni físico ni metafórico, completamente seguro. El anonimato evita que uno se sienta vigilado o fichado y esto, en su vertiente más positiva, genera una profunda creatividad e imaginación liberada. Por aquí la democracia crece. Pero, claro, también existe el lado oscuro... El último ejemplo lo encontramos en las amenazas de muerte en Twitter a los televisivos Eva Hache y Juanma Castaño.
    Pese a que la aldea a veces parece un poblado de bestias, es fácil concluir que en ella hay más de positivo que de negativo; un espacio donde se defiende la libertad para tratar de conjurar los peligros que la amenazan, aunque esto a veces suponga una paradoja que la práctica democrática tiene que resolver cada día. Zygmunt Bauman dice: «Es posible distinguir una sociedad democrática por abrigar la sospecha de que su trabajo no está acabado: que aún no es suficientemente democrática». Por suerte.
 
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