Helicópteros

La palabra ‘democracia’ no es un escudo en el que refugiarse ni otorga inmunidad a quien la pronuncia

Publicado en El Periódico de Aragón el 19 de junio de 2011

Al a Democracia, con mayúsculas, no le pasa nada. No hay que preocuparse por mucho que a determinados sectores, especialmente el político, les interese encender las alarmas. El comportamiento violento de varios grupos de jóvenes bajo el paraguas de los indignados es intolerable e injustificable, pero exagerar las causas y efectos de los incidentes se antoja ventajista por parte del poder, siempre poco amigo de los nuevos movimientos sociales.
    Si las inaceptables cargas policiales de plaza Cataluña dieron alas a los acampados y multiplicaron las muestras de simpatía hacia el movimiento 15-M, los sucesos del miércoles en el Parlament han provocado el efecto contrario, algo que los indignados tendrán que digerir cuanto antes para seguir adelante. Los últimos sucesos han supuesto un golpe lateral, pero no una puntilla.
    Sin embargo, fieles a la idea de obviar, cuando no despreciar, lo que verdaderamente ha ocurrido este último mes en las plazas de España, buena parte de los responsables políticos tratan de aprovechar la oportunidad para desvirtuar los hechos y transformar los incidentes en frondosos árboles que no permitan ver el auténtico bosque.
    Así, pronto han identificado a los indignados como enemigos de la Democracia a los que hay que derrotar cuando antes. La palabra democracia no es un escudo en el que refugiarse ni confiere ningún tipo de inmunidad ni impunidad a quien la pronuncia; ni le otorga tampoco un pasaporte vip para pasar por encima (incluso volando) de los verdaderos motivos que han llevado a los jóvenes a decir ¡basta!.
    Decía el pensador francés Jacques Derrida que "no existen los hechos, sino las interpretaciones". Que la realidad pueda ser abordada desde puntos de vista plurales es un ejercicio respetuoso y enriquecedor; y parece claro que si buscamos un bien común intentaremos compartir criterios, mediante diálogo y consenso. Pero si queremos por encima de todo tener razón y mirar siempre por unas únicas gafas, reservaremos todas nuestras piezas para componer el rompecabezas a nuestro antojo. Así, al final habrá tantos hechos como interpretaciones o, peor todavía, más interpretaciones que hechos, y terminaremos todos reclamando un helicóptero para cada uno.
 
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