No parece buena idea analizar el 15-M desde la perspectiva vertical y jerárquica de siempre
Publicado en El Periódico de Aragón el 7 de agosto de 2011
Pregunta rápida: ¿Podemos o queremos ser dueños de nuestro futuro? Se diría que las relaciones verticales, jerárquicas, estructuran mejor nuestras vidas, y es así como comprendemos la función de los líderes, en quienes proyectamos nuestras expectativas: nos guían pero además nos cohesionan en torno a pueblos, estados, partidos políticos, sindicatos... Desde esta arraigada posición se hace difícil comprender cualquier alternativa, si no aceptamos emplear otras herramientas.En los 70, tras las experiencias del 68, algunos partidos ecologistas abordaron, como un desafío, la cuestión de la «revolución participativa», un tipo de partido más sensible a la democracia de base. Más tarde, la masiva y sorprendente protesta de Seattle (1999) hizo visible una implosión difícil de clasificar: un movimiento de múltiples causas enraizado en el ciudadano medio, dispuesto a tejer una red de actividades abiertas e inclusivas.
En su Carta de Principios del 2001, el primer Foro Social Mundial de Porto Alegre reafirmaba «un espacio plural y diversificado, no confesional, no gubernamental y no partidario que articula de manera descentralizada y en red». No pretendían ser una entidad ni organización representativa, sino activar un «proceso permanente de búsqueda y construcción de alternativas».
Diez años más tarde, algunos ven a los indignados como fruto de la improvisación visceral de unos cuantos ociosos, la expresión de una rebeldía juvenil. Desde arriba, pocos reconocen de verdad su mensaje de fondo: la urgencia de nuevas soluciones globales e inéditas, ese requisito del que tanto habla el escritor libanés Amin Maalouf. Los movimientos del 15-M utilizan la imaginación, pero no de un modo aleatorio o caprichoso, sino sobre una base histórica de lenta, quizá, pero continuada construcción y sobre el irrenunciable objetivo de la horizontalidad en la participación, más de portavoces que de líderes, que moldea la «Internacional Ciudadana» augurada por Stéphane Hessel.
No se trata de una elección excluyente, pero sitúa a nuestro alcance el dilema de una decisión: si queremos vivir como protagonistas activos o como súbditos resignados. Ya sabemos lo que hay: podemos intentar ser coautores de la Historia o limitarnos a padecerla.
