Parece evidente que no se puede seguir adelante (tampoco Rajoy) sin contar con los movimientos sociales
Publicado en El Periódico de Aragón el 20 de noviembre de 2011En el endiablado tapete del billar mundial, las esferas económica y política siguen empujándose y chocando entre sí, quitando y poniendo gobernantes incluso sin emplear las urnas y decidiendo una batalla que olvida la esencia del juego y prescinde de la tercera bola, la social, cada vez con un color más encendido. Parece que los políticos han optado por hacerse los locos (la campaña electoral española ha sido un ejemplo perfecto), como si desviar la mirada sirviera para aplacar el descontento que se palpa en la calle.
Al poder no le gusta que le muevan el suelo bajo los pies, le produce disgusto y desprecio, especialmente a los convencidos que ya habían dado por finiquitado y convertido en un limbo virtual el ámbito social. Pero la «internacional ciudadana», como la llama Stéphane Hessel, sigue ahí, no ha desaparecido; si se le reprime su efecto se multiplica y si se le desprecia sabe cómo convertir las afrentas en más solidaridad. La sensación de disgusto le refuerza. Pese a la terquedad de muchos, es evidente que no se puede continuar (tampoco el super Gobierno que viene) sin contar con los movimientos movimientos sociales que aspiran a vivir con decencia conforme a proyectos ahora inexistentes. La fractura está ahí pero la esperanza se mantiene, ya que alguna idea promovida por los indignados ha calado en gobernantes
de peso, como Merkel y Sarkozy, quienes por ejemplo no hacen del todo ascos a una tasa Tobin sobre transacciones financieras.
Precisamente un relevante defensor de ese impuesto, el sociólogo alemán Ulrich Beck (lo llama tasa Robin Hood), dice que actualmente se da una «oportunidad de oro» para promover una gran alianza, si el poder político girara hacia lo social en detrimento del imperio de lo económico. Tampoco ha perdido el optimismo otra voz autorizada, la de Juan Carlos Monedero, quien recuerda que el 15-M «ni es un partido político ni necesita serlo». El profesor de la Complutense, quizá en una advertencia para descreídos, dice que a fuerza de saber lo que no quieren, los indignados «van a terminar sabiendo lo que quieren».
Es cuestión de tiempo, aunque la salida, claro, nunca se verá mientras al otro lado abunden los que a fuerza de presumir de que lo saben todo, cada día dejan más claro que no se enteran de nada.
