La que presume de ser la primera democracia mundial se niega a lavar sus vergüenzas en el siglo XXI
Publicado en El Periódico de Aragón el 5 de diciembre del 2010
En 1934, la purga política nazi conocida como La noche de los cuchillos largos se cobró una vida inocente por otra mala identificación. Según relata William Shirer en Auge y caída del Tercer Reich, la Gestapo sacó de su casa a un crítico musical que según era conducido a palos por la escalera de su casa gritaba: «¡Soy Willi Schmidt el músico, no Willi Schmidt el político!». Un líder nazi, Rudolf Hess, admitió después el error y pidió disculpas a la viuda, pero el asesinato quedó impune.
El 8 de abril del 2003, en Bagdad, el periodista español José Couso moría asesinado alcanzado por el obús de un tanque estadounidense en el hotel Palestina. Un crimen que, a día de hoy, sigue impune porque la Administración de EEUU no ha permitido que los tres ocupantes del blindado sean sometidos a juicio pese al empeño del juez español Santiago Pedraz.
Siglos y años después de los casos de Cinna y Schmitd --dos de los innumerables asesinatos que han quedado sin castigo en la Historia-- parece que algunas cosas no han cambiado y la que presume de ser la primera democracia del mundo se niega a lavar sus vergüenzas a través de los mecanismos de los que la Humanidad ya se ha dotado.
A ello se suma la difusión por parte de Wikileaks del supuesto juego subterráneo --quizá sucio-- que se han traído diplomáticos, ministros y fiscales para evitar que un juez «ferozmente (?) independiente» investigue el asesinato de un padre de familia perfectamente identificado como era José Couso, el cámara. El político alemán Willy Brandt dijo: «Permitir una injusticia significa abrir el camino a todas las que sigan».
