Tras cada matanza se abre el debate, pero es estéril: la mayoría en EEUU bendice la segunda enmienda
Publicado en El Periódico de Aragón el 23 de enero del 2011
Desde el primer impulso hasta la comisión de un acto horrible, todo el intervalo es como un delirio o una pesadilla: el espíritu y los órganos mortales entran en contienda, y el Estado del hombre, semejante a un pequeño reino, vive una especie de insurrección". William Shakespeare puso estas palabras en boca de Bruto en la recreación teatral que hizo de la conspiración y muerte de Julio Cesar. Después de que un joven de 22 años llamado Jared Loughner haya protagonizado en Arizona un tiroteo que se ha cobrado seis vidas y mantiene postrada con un disparo en la cabeza a la congresista Gabrielle Giffords, no es difícil preguntarse si antes o después de darle al gatillo el agresor ha sentido esa "contienda" interna que describió el escritor inglés a finales del XVI.La pregunta es extensible a todos los que han firmado escenas similares, especialmente en un país donde en poco más de 200 años han sido asesinados cuatro presidentes (Lincoln, Garfielf, McKinley y Kennedy) y otros nueve han sido objeto de atentado.
Y la lista de magnicidios aún puede ampliarse, por ejemplo, con asesinatos como los de Luther King, Bob Kennedy o John Lennon. A ello hay que sumar los ataques indiscriminados contra la población --al menos una docena en los últimos 20 años--, donde resaltan los perpetrados por jóvenes, como los ocurridos en el instituto Columbine en 1999 (15 muertos incluidos los dos agresores) o en la Universidad Virginia Tech en el 2007 (33 muertos incluido también el atacante; una de las mayores masacres del país en tiempos de paz).
No es necesario jugar a los sociólogos o a los psiquiatras para proponer una ecuación tan válida como cualquier otra: sociedad eminentemente competitiva que solo deja pasar a los ganadores y no suele ocuparse de los perdedores, sumado al fácil acceso a las armas. Después de cada matanza se abre el debate, pero pronto se cierra. La mayoría acepta el precio de mantener la Segunda Enmienda por mucho que sea una gatera por la que se cuelan perdedores como Jared Loughner. Parecen tener asumido que de vez en cuando aparecerá en escena un personaje cargado de odio para protagonizar una tragedia, con o sin los remordimientos de Bruto.
