Volteretas

El poder intenta que los sondeos de voto y opinión sustituyan a las formas de agrupación ‘transversales’

Publicado en El Periódico de Aragón el 5 de junio de 2011

Una democracia sana no puede prescindir de instituciones intermedias: asociaciones gremiales, vecinales, culturales, deportivas... en definitiva, lugares de encuentro de distintas inquietudes sociales. Este espacio es de enorme utilidad, porque salva el abismo mental y físico que existe entre el Estado y el ciudadano, y favorece un modelo de participación constante, constructivo, crítico y cotidiano. Se trata de formas de agrupación transversales, radicalmente diferentes a las verticales y jerárquicas de los partidos.
    En general, ese mundo intermedio estorba al poder (órganos de gobierno y también de oposición), que se esfuerza por hacer olvidar la esencia de la participación e instrumentaliza esas asociaciones, primando unas y bloqueando otras.
    Los dirigentes son esencialmente suspicaces y ven en los ciudadanos unos cómplices necesarios, pero desconfían de ellos, así que deben protegerse. Por ello optan por sustituir la voz de la gente en el plano intermedio por encuestas y sondeos de opinión que reflejan la no voz de los ciudadanos, considerados así anónimos, mudos, que se expresan encasillados (en más de un sentido) y sin explicaciones al margen. No hay pensamiento crítico argumentado, solo tendencias (aquí apetece recordar a Mark Twain cuando clasificaba las mentiras en mentiras, malditas mentiras y estadísticas).
    A los medios de comunicación los sondeos les nutren y les deja elegir las noticias, y a los think tanks les marcan nuevas líneas de intervención subterránea; pero es especialmente a los políticos que juegan la gran liga a quienes les proporcionan una plantilla multiuso. Solo tienen que ordenar y manipular, subrayando y atenuando los aspectos que más o menos interesen. Así creen gobernar sobre seguro, sin dar pasos en falso o volcar.
    Ahora el Movimiento 15-M empuja con fuerza y sin consideración, tratando de ocupar ese espacio intermedio desde el que exige ser escuchado y no precisamente a través de encuestas. No se discute que los indignados tienen ante sí el reto de canalizar su ideario más allá de las acampadas, pero no son los únicos que deben hacer un esfuerzo. O el poder escucha y acepta que la gente sí sabe y sí contesta o corre el riesgo de terminar dando más de una voltereta.
 
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