Ya no se discute que la próxima generación vivirá peor que la anterior, por primera vez en la historia
Publicado en El Periódico de Aragón el 6 de mayo de 2012
Si hubiera un termómetro que midiera la vitalidad y validez de las sociedades occidentales, este debería ser su juventud. Sobre la fe en el progreso (tecnológico, humano y moral) se espera que cada generación esté mejor preparada que la anterior, que integre los avances técnicos, gestione la creciente complejidad y derribe tabúes para constituir un constante nuevo referente. Visto así, el salto generacional, la ocasional incomprensión entre padres e hijos, no es más que una disfunción casi inevitable, un sarampión tardío, y también una muestra de la fuerza y del vigor del modelo.Pero los movimientos del 68 (Praga, París, Berkeley...) hicieron tambalear las estructuras y eso resultó inadmisible. Ya se sabe, el sistema se enroca y reprime cuando no tiene respuestas. Además, tras la caída del Muro, ni siquiera necesitó mostrarse como un "capitalismo con rostro humano". Desde entonces no da la cara pero enseña sus límites y así, el tren del progreso ha entrado en vía muerta: ya no se discute que la próxima generación vivirá peor que la anterior, por primera vez. De pronto todo es distinto; una sociedad basada en el trabajo no tiene futuro con un 21% de paro juvenil en la zona euro (casi el 50% en España).
Ahora la vieja vanguardia recuerda que el auténtico objetivo es humano y moral. Antes de que las acampadas del 15-M pudieran achacarse a una puntual rabieta juvenil, quedó patente la complicidad de personas de todas las edades, tanto en apoyo teórico como en implicación activa. No solo por la inspiración que aportó el nonagenario Hessel o el entusiasmo rebelde de José Luis Sampedro, de 95. Recientemente, los yayoflautas han salido a la calle para defender las conquistas sociales que pretendían legar a las siguientes generaciones. Y en nuestra cuna cultural europea y hoy centro de la tempestad, Manolis Glezos, de 89, no deja de mostrar su largo y firme compromiso social.
Un paso más allá, Dimitris Christoulas, de 77, dejó en herencia un límite infranqueable: la dignidad. En el mismo lugar donde se dejó la vida, un joven dejó una nota donde prometían "resistir". Parece claro: si la política ha quedado atrapada en la economía y ha olvidado a las personas, habrá que rescatarla de nuevo desde la ética y la solidaridad: el verdadero progreso.

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