El neoliberalismo funciona mucho mejor si en su avance encuentra altos grados de despolitización
Publicado en El Periódico de Aragón el 29 de abril de 2012
Cuando no se puede explicar la realidad con palabras razonadas y razonables, los argumentos no tienen sitio y el cinismo se acomoda como método de acción política. Es la única manera de encajar todo aquello que no se puede justificar ni asumir. Por ejemplo, Cospedal se niega a admitir como tal el copago farmacéutico y se refiere a él como una "pequeña contribución". El ministro Montoro, que se ganaba la vida asesorando sobre el modo de minimizar el pago de impuestos, también niega su propia medida de amnistía fiscal, a la que retorciendo las palabras transforma en "gravamen a activos ocultos" (en paralelo, se ha desactivado a cinco jefes de inspección antifraude).Otro ministro, José Ignacio Wert, no se queda atrás. Dice confiar en que no se traduzca en un "menor acceso de la gente a la cultura" lo que de hecho es un drástico recorte en este apartado y, de paso, anima a echar mano de la "imaginación", una cualidad, como si se tratara de una herramienta material. Pero se lleva la palma cuando pretende convertir el aumento del número de plazas por clase en un avance para la "sociabilidad" entre alumnos, cuando de lo que se trata en realidad es de despedir profesores. Hay quien no ve nada alarmante en estas declaraciones y actitudes, que al parecer se aceptan como parte del lenguaje retórico, eufemismos propios del ejercicio político. Pero la expresión no deja de ser el vehículo del pensamiento y, por tanto, del modo visible (u oculto) como se concibe la sociedad.
Como siempre, casi nada es por casualidad. La creciente falta de confianza en los políticos que reflejan las encuestas se ha convertido en un peligro para los propios ciudadanos, ya que el neoliberalismo funciona mucho mejor con altos grados de despolitización, como nos recuerda Vicente Romano; porque lo que más le interesa de la democracia representativa es la legitimidad del control institucional, también, claro está, a la hora de desactivar la resistencia popular.
Se trata de una burla cruel, un triste sarcasmo: nuestro libre derecho a votar se convierte en consentimiento, una decisión sumisa y sin peso dentro de una democracia que avanza en una espiral de crecimiento negativo. O, para entendernos mejor: va hacia atrás.

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