Cuanto más se agrava la crisis más se enrocan los gobernantes en palabras huecas y tramposas
Publicado en El Periódico de Aragón el 24 de junio de 2012
Este lenguaje político ya no ofrece ni explicaciones ni respuestas. Cinco meses después de las generales y justo antes del rescate/préstamo europeo, el barómetro de Metroscopia de mayo revelaba que el 28% del electorado del PP no cree que el Ejecutivo transmita una sensación global positiva. Podría argüirse que gobernar, tomar decisiones, desgasta enormemente y más en una situación tan delicada (o extrema). Lo que no es tan frecuente es que también abrase a la oposición. Entre sus propios votantes, el 48% manifiesta poca o ninguna confianza en el actual líder del PSOE.El problema de desafección social hacia los políticos, que no a la política misma, va más allá de esperar una acción eficaz y refleja desconfianza y escepticismo hacia un lenguaje común reconocible y devaluado que se enrosca sobre sí mismo, lleno de eufemismos, lugares comunes y trampas semánticas, muy lejos de la exigible claridad de una realidad palpable.
Una y otra vez nos caemos del caballo mucho después del golpe: el ladrillo, la banca..., mientras que los discursos siguen dando rodeos y miran menos al futuro que al interés partidista de proteger y defender el poder conquistado en las instituciones domésticas, que así no dejan de degradarse. Una esquizofrénica narrativa que va desde la negativa a llamar las cosas por su nombre, especialmente de los ministros económicos (no-amnistía fiscal, no-recortes, no-rescate...), hasta la autoafirmación y el autobombo un tanto infantil de la vicepresidenta Sáenz de Santamaría, que recuerda tiempos en los que poníamos los pies encima de la misma mesa que el jefe del mundo.
Ante el aluvión de palabras que vagan sin una función definida ni un significado preciso, seguramente Wittgenstein diría que se trata de esas ocasiones en las que "el lenguaje se va de vacaciones", pero se trata de algo más serio. No es posible separar el lenguaje de los hábitos mentales, las intenciones y finalmente las prácticas. Y es prioritario no quedarse cautivo en ese círculo retórico perverso que se alimenta de lo engañoso y lo opaco, porque como dice el filósofo Emilio Lledó, es más peligrosa y definitiva la corrupción mental que la económica. Y, qué curioso, de las dos vamos sobrados.

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