Joaquín Almunia no pudo ser presidente de un Gobierno socialista y ahora supervisa uno del Partido Popular
Publicado en El Periódico de Aragón el 8 de julio de 2012
Instalarse en el ejercicio de la política requiere dar y esquivar mil codazos, mirar siempre de reojo y procurar cerrar las puertas a la propia sombra. Cuando casi se nos había convencido de que vivíamos en un mundo sin clases sociales, ellos, con su profundo sentido endogámico, gustan de referirse a sí mismos como "clase política", quizá buscando un apresto que no todos tienen pero que precisan.Es cierto que las clases ya no son tan nítidas. Antes economía y política eran ámbitos paralelos inevitablemente intercomunicados, pero formalmente casi excluyentes. Botín siempre ha sido un banquero, pero Mario Conde pisó en falso al cruzar aquel río sin puentes. Ahora ya no es así. Empleados del mundo económico viven empotrados sin ningún rubor en la política (Goldman Sachs, Lehman Brothers...). Los llaman tecnócratas para dotarles de un perfil profesional e ideológicamente neutral. Pero tampoco es así. Sus rostros son las máscaras de los mercados sin rostro. En el camino inverso encontramos a Rodrigo Rato (de la política pasó al FMI, Lazard y Bankia), de quien, con un poco de suerte, se encargarán los jueces.
Es obvio que en esas alturas no existe la calma. Invisibles vientos dibujan sorprendentes situaciones. Mayor Oreja, por ejemplo, ahora vicepresidente del Grupo Popular Europeo, es más locuaz y activo en España (casi tanto como Vidal-Quadras, vicepresidente del Parlamento Europeo) que en su propio lugar de trabajo, donde se ganó fama de vago. Javier Solana perdió su perfil ideológico cuando ascendió a Alto Representante de la UE y guardó el "jersey rojo" para sus viajes en avión. Borrell se estampó camino de la Moncloa pero llegó a ser presidente del Parlamento Europeo --cargo de salón-- y devino intelectual teórico en su retiro universitario de Florencia.
Pero quizá el caso más llamativo es el de Joaquín Almunia, que fracasó antes y con más estrépito que Borrell en aspirar siquiera a presidir un gobierno socialista español. Entonces suspendió en magnetismo y carisma, pero ahora, gracias a caprichosos remolinos de una clase endogámica, es el supervisor del gobierno del PP, y ya ha dejado claro que Europa no "recomienda" sino que "obliga". Ironías de la casta política.

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