Uno de los bandos, el sistema dominante, apoya sus estrategias en manos de tecnócratas no electos
Publicado en El Periódico de Aragón el 28 de octubre de 2012
Como el panorama es cada vez más desolador, las palabras y las conclusiones son cada vez más gruesas. Se mire donde se mire. Desde el FMI ("la deuda de las principales economías está al nivel de la segunda guerra mundial"), hasta la Fundación de las Cajas de Ahorro ("vivimos en economía de guerra"), pasando por políticos como Joan Tardà ("estamos perdiendo la guerra contra el asedio neoliberal"), periodistas como Antonio Piera, que llama a la "guerra contra el rescate" en el blog Desde mi trinchera, o actores como José Sacristán, que ha dicho a este diario que sufrimos "una guerra donde la relación de fuerzas es tan desigual" que no ve cómo se puede revertir la situación. "Ahora ya no caen bombas, te quedas en paro y sin jubilación", añade.En clave doméstica, otro par de ejemplos rápidos: el PSOE de Ceuta se ha declarado en "guerra" contra el Gobierno --aunque matiza que "en términos democráticos" (?)--; y el ministro Jorge Fernández Díaz dice que en Cataluña están convirtiendo "una guerra de sucesión en un guerra de secesión". Guerra. Guerra. Y más guerra.
No es cuestión de alarmar y provocar el pánico entre la población de forma gratuita al estilo Orson Welles, por mucho que esta semana se cumplan 74 años de la mítica emisión de radio que le lanzó a la fama, pero sí parece evidente que vivimos una guerra de dos mundos claramente diferenciados. Uno de los bandos, el sistema dominante, nunca renuncia a sus objetivos, cada vez encuentra medios más refinados y opacos y apoya sus estrategias en manos de tecnócratas que, en su condición de no electos, son inmunes a las críticas ideológicas. Se trata de especialistas en convertir las desigualdades en estadísticas, incluso retocando constituciones nacionales a su antojo y sin ningún rubor.
Al otro lado, la ciudadanía, que apenas cuenta con más armas que la protesta en la calle (con 6.000 euros de multa para los cabecillas) y la huelga general para tratar de evitar que su destino pase por la conveniencia y la arbitrariedad de simples números con decimales. Y en medio del conflicto, el Nobel de la Paz, que, visto lo visto, este año debería haber quedado desierto. Hubiera sido más justo.

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