El neonacionalismo se centra ahora en motivos económicos, en un 'que-cada-uno-aguante-su-vela'
Publicado en El Periódico de Aragón el 4 de noviembre de 2012
Si hacemos caso a The Wall Street Journal, el problema catalán, ahora que sus autonómicas son inminentes, "representa la mayor amenaza para los líderes europeos"; todo un Sandy doméstico dentro de ese déjà vu de periódicas y recurrentes mareas de reivindicaciones independentistas desde la Transición. Ante el desafío, la derecha más reaccionaria, con su mayoría absoluta, enrocada en los valores eternos de la unidad de España, la que no tolera las diferencias ni comprende pluralidades, ha respondido con tal desmedida y trasnochada visceralidad que ha logrado el efecto reactivo de unir lo que está al otro lado; de dotar al adversario (reconvertido en enemigo) de argumentos para alimentar aún más su victimismo, recurso frecuente y más eficaz que noble.
Las crisis siempre favorecen las distorsiones, pero este pulso va más allá. Palabras antes innegociables ya no sirven hoy de trampa, dadas las nuevas prácticas basadas en rodeos. Así, hasta Joan Tardà, portavoz de ERC, niega ser nacionalista, definiéndose como izquierdista, republicano y acaso independentista; término tabú, sin embargo, para el president Mas, parapetado en su ambiguo concepto de "estructura de Estado propio".
Ya ni siquiera el uso de la lengua catalana es irrenunciable. Oriol Junqueras, actual presidente de ERC y alcalde independentista de Sant Vicenç dels Horts, con un 80% de vecinos castellanohablantes, se refiere a un mismo proyecto ciudadano de todos "hablen lo que hablen". Parece que la enorme inmigración global de las últimas décadas ha obligado a redefinir el sentido de la "identidad catalana".
La pretensión neonacionalista se centra ahora en motivos económicos, en el que-cada-palo-aguante-su-vela, o en un sálvese-quien-pueda. Identificando a España como el problema, busca ofrecer a los suyos un sentimiento común de pertenencia y el holograma de una ilusión, eludiendo el sentido y la responsabilidad de su propia gestión. Porque después de todo se trata de la misma política económica liberal que no redistribuye ganancias, sino que es guardián de privilegios y de élites. Un mero viaje alucinógeno para los más, y un aferrarse al sitio para los menos, los de siempre. Lo de siempre.

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