Rendición

Mariano Rajoy culpa a la realidad cuando se supone que la política está para cambiar esa realidad, no para claudicar ante ella

Publicado en El Periódico de Aragón el 16 de diciembre de 2012

Hace un año que estrenamos presidente y la sensación es que hemos ido a peor. Rajoy pensó que lo tenía fácil, que al llegar al poder más o menos todo iría encajando en su sitio, convencido de que, dada su afinidad ideológica, Merkel le premiaría con su automática confianza. Y asunto resuelto. Pero llegó tarde. La gobernanza europea ya estaba más allá de los matices empáticos. También más allá de la propia democracia: la troika en Grecia y el tecnócrata Monti en Italia son buenos ejemplos. No estamos en un mundo en el que los valores eternos o los intangibles del tipo "las cosas se harán como Dios manda" tengan algo que decir en la realpolitik.
No es fácil ser optimista. El panorama empeora. El economista Gay de Liébana, por ejemplo, sostiene que la verdadera imagen exterior de España es la "corrupción". No con menos contundencia, el informe de Transparency International indica que solo Grecia, Italia o Portugal son percibidos como países más corruptos entre las naciones europeas. A ello no ayuda, claro, el caso Sabadell, indultar a unos mossos torturadores, dejar libre a la cúpula de la mafia china por un "error judicial" o ver a un diputado jugando al inspector Gadget por las tapias de Pamplona. Si no es más. Ya está imputado.
Mientras, la nueva derecha echa mano de la libertad, quién lo iba a decir, no como un valor democrático, sino como el modo de eludir cualquier explicación razonable a su endogamia, la transmisión de privilegios y la grosera cooptación. Del otro lado, y ahora que las cosas se han puesto feas, se ve que aquella Transición que creó el estereotipo de una sociedad mayoritariamente progresista no fue del todo fiel... o sincera. Resulta que ni ser de orden garantiza ser de principios, ni una ilusión colectiva compartida impide que una gran oportunidad explote en innumerables oportunismos.
Rajoy, en su desesperante ensimismamiento, se ha creído por encima de sus posibilidades y lejos de reconocer que funciona al dictado alemán comete un pecado mayor: echa la culpa a la realidad. Desquiciante para aquellos que creen (creemos) que la política está para cambiar esa realidad, no para rendirse ante ella. 

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