Impuestos

Aznar añora la España que él mismo edificó durante ocho años ladrillo a ladrillo, nunca mejor dicho

Publicado en El Periódico de Aragón el 7 de julio de 2013

Primero pareció una pataleta, un súbito reproche al no sentirse defendido por su partido como el intocable que cree ser, pero después de observar sus últimos movimientos (entrevistas medidas al milímetro, incluidas), parece que la realidad es otra: José María Aznar está loco por la música... del poder. Lo echa de menos. Lejos de asumir que su tiempo pasó, camina sin pisar el suelo con aura de mesías creyéndose el Elegido para liderar una nueva España. Otra más; ya que la de su delfín Rajoy no le gusta. Esta no es la que él edificó durante ocho años ladrillo a ladrillo (nunca mejor dicho). Ya no comparten palio. Entre ambos se adivina un pulso calculado y sutil, propio de dos adversarios que escenifican su enfrentamiento con cuentagotas, sin negar su falta de sintonía.
Salvando las distancias, los dos recuerdan a Bernard Shaw y Winston Churchill cuando el dramaturgo invitó al político al estreno de una de sus obras. "Le envío dos entradas para que venga con un amigo, si lo tiene". "No puedo ir a la primera representación, pero iré a la segunda, si es que se celebra", respondió el premier británico.
Al amparo de FAES, supuesto laboratorio de ideas del Partido Popular que cada vez se parece más a una formación política paralela (o en la oposición), el expresidente recomienda al Gobierno una reforma fiscal bajo la fórmula mágica de "menos impuestos, más bajos y más sencillos", tacha de "error gravísimo" el actual modelo tributario y rememora aquellos tiempos de esplendor en los que España iba bien (especialmente para él, para sus amigos constructores y banqueros y para su yerno, claro).
Como Rajoy no puede contestar a pecho descubierto que la presión fiscal sobre los contribuyentes no aflojará hasta que lo permita el "merkevialismo", que diría Ulrich Beck, se limita a esconderse bajo las palabras huecas de siempre ("vamos en la buena dirección") y a aplaudir con las orejas los últimos datos del desempleo. Y mientras uno y otro (y sus respectivos adláteres) continúan teorizando sobre las bondades de un futuro que no llega, al resto no nos queda otra que recordar a Benjamin Franklin cuando dijo: "Solo hay dos cosas seguras en el mundo: la muerte y los impuestos". 

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