Diferido

Rajoy ha instalado su Gobierno en un futuro imaginario que nada tiene que ver con la realidad

Publicado en El Periódico de Aragón el 15 de septiembre de 2013

Tal día como hoy, 15 de septiembre, pero del 2008, quebró Lehman Brothers, y la mano invisible de la economía global explotó. Si es verdad que una crisis es siempre una oportunidad, esa se antojaba ideal para refundar el capitalismo --como anunció el entonces presidente francés, Nicolas Sarkozy--, pero los acontecimientos fueron en la dirección contraria. Quienes provocaron semejante caos, es decir, los mercados desregularizados, se adueñaron de la escena política y del poder de decisión de los estados nacionales, especialmente el de los países deudores como ocurre con el caso de España.
Cinco años después, el FMI, ese organismo que no vio llegar la catástrofe pero insiste en arrogarse del papel de guía para dejarla atrás, sigue dando cifras y pronósticos que no se cumplen. Inmersos en la recesión, la palabra recuperación, tan mágica como equívoca, recuerda más a un espejismo fruto de lo cansados que ya estamos de la crisis que a un verdadero oasis. Primero porque sugiere normalización cuando muchos derechos sociales se han precarizado y otros se han perdido; y después porque trata el problema con una lacónica carga de inevitabilidad, como si fuera un accidente meteorológico o la plaga bíblica, que no es; y porque, al menos en el caso español, no se han diseñado locomotoras que tiren de la economía doméstica real. España sigue fiel a su vieja creencia en los milagros y también a su historia reciente, basada en huidas hacia adelante* aunque acaben en contradicciones y no en soluciones.
Y en ese contexto del mientras tanto, Rajoy salva su día a día con un discurso de tibios mensajes-placebo para hoy ("estamos mejor", "a punto de crecer", "levantando cabeza") y medidas meramente voluntaristas para el futuro con tufillo electoral. Por no hablar de la siempre socorrida evocación a la moral patria tan al gusto del presidente: "No he cumplido con mis promesas pero he cumplido con mi deber". Sin digerir aún lo que ha pasado en estos años y confiando el mañana al buen azar, este país se ve abocado a gobernarse en diferido (término al que Cospedal le ha dado un nuevo significado) porque nadie es capaz de manejarlo en riguroso directo. 


(*) Léase, por ejemplo, el excesivo optimismo de que la Transición borraba de un plumazo el pasado; creer que entrar en la entonces CEE nos equiparaba al resto de Europa, el malgasto de los fondos "estructurales" de la UE, la especulación del suelo y el ladrillo, alicatar las costas agotando el turismo de calidad, las apuestas por 'golpes' de inmediatez como JJOO y Expos universales o internacionales... 

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