En la vida pública de este país todavía mandan las apariencias. Esa es la auténtica marca España
Publicado en El Periódico de Aragón el 29 de septiembre de 2013
El clásico estado de bienestar de la segunda mitad del siglo XX ha muerto. Podría haberlo anunciado cualquiera, pero para asombro de muchos ha tenido que ser el nuevo rey de Holanda. No deja de ser chocante que sea el representante de una institución anacrónica que inexplicablemente pervive en base a los privilegios de la sangre quien declare insostenible un sistema de derechos duramente conquistados por las ciudadanías europeas. Pero Guillermo Alejandro no es sino la voz de guiñol de un Gobierno de centroizquierda con un plan de recortes que, aun rechazado por el 80% del pueblo, trata de tomar cartas en el asunto ante el déficit y la escandalosa previsión de un 7,5% de desempleo para el 2014.
La democracia puede ser amarga, incluso equivocada, pero siempre exige comunicados y explicaciones. En España, sin embargo, no se ejerce así: aquí si los datos nos perjudican hablamos de intenciones como si fueran razones. Se trata de esa visión paternalista y a la vez arrogante que infantiliza y atrofia la vida política; donde el optimismo emana de la supersticiosa fe en los milagros. Solo en ese marco encaja la esperpéntica figura del ministro Montoro, cuando clama que España es hoy "el gran éxito económico del mundo", pese a que objetivamente es el país de la OCDE con más alta tasa de paro junto a Grecia. Justificar como atenuante que se trataba de un "mensaje interno" hacia futuros dirigentes agrava aún más la cuestión, ya que se da por admitido un sistema de propaganda de los deseos que distorsiona los hechos hasta el disparate.
Está claro: en la vida pública española siguen mandando las apariencias. Es la auténtica marca España. Que se lo pregunten a la delegación de Madrid 2020. Fueron a Buenos Aires, a todo lujo, a vender curiosamente el mensaje contrario: la austeridad y la contención presupuestaria; y no menos de 300 personas, muchas de ellas innecesarias (el triple que envió la candidatura ganadora de Tokio). Así, no hay forma de salir de la desesperanza. Ya sea porque un rey da por desaparecido el estado del bienestar, ya sea porque los verdaderos reyes del bienestar (¡que sirvan aquí otra de jamón!) no tienen visos de desaparecer.

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