Si alguna lectura positiva tiene la crisis es que el pueblo sí ha interiorizado lo esencial de la democracia
Publicado en El Periódico de Aragón el 6 de octubre de 2013
La percepción generalizada de que detrás de la recesión económica mundial se encuentra una aún más profunda crisis de valores sitúa especialmente en zona de riesgo el valor por excelencia en el que se basan nuestras sociedades europeas: la democracia. Los datos empíricos tampoco empujan al optimismo: la calidad democrática en la UE está en retroceso, incluida Alemania, según un reciente estudio elaborado por la agencia británica Demos, que además constata que en derechos fundamentales, España, junto con Hungría, protagoniza la mayor caída en la clasificación europea en el periodo 1999-2011.En nuestro país, la desafección y el desprestigio hacia los políticos en general que reflejan hace tiempo las encuestas evidencian que gobernar (o ejercer una oposición seria) no es siempre sinónimo de tener autoridad, esa legítima credibilidad que no se obtiene ni se regala sino que se gana y se merece.
Los dos grandes partidos han perdido conjuntamente un 30% de su apoyo en los dos últimos años. Según el CIS, la suma conjunta del voto a PP y PSOE no llegaría hoy al 60%, lo que supone el índice más bajo en los últimos ¡17 años! Lo curioso es que en ninguna de las dos formaciones se han encendido las alarmas, ya sea por prepotencia histórica, porque fían sus esperanzas al voto útil de última hora o porque siempre les queda la bala amiga de la ley D'Hont.
Probablemente el factor adicional que aún no ha hecho saltar el bipartidismo por los aires procede de la responsabilidad y madurez democrática de una ciudadanía que mantiene la creencia, más que en ningún otro país europeo, según José Juan Toharia, en que es al Estado a quien corresponde, ante todo, proteger y ayudar a las personas (65% del electorado del PP y 80% en el caso del PSOE).
En España, la calle ha interiorizado mejor que algunas instituciones, y sin duda con mayor convicción, que depositar un voto en una urna cada cuatro años es una visión demasiado reducida e inaceptable, y que la fuerza de la democracia radica en el debate tanto como en la participación; y exige continua implicación y tolerancia. Y es ahí, y solo ahí, donde surge la auténtica cohesión social. A pesar de sus políticos.

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