Salir del euro suena a sacrilegio, pero visto el panorama ya empieza a ser una opción para el debate
Publicado en El Periódico de Aragón el 12 de febrero del 2012
En el año 2003 el experto en política exterior estadounidense Robert Kagan reprochaba que Europa se creyera a sí misma como un «paraíso poshistórico» que corría el riesgo de convertirse en un «parque temático de catedrales góticas» sin poder real. Daniel Cohn-Bendit, su interlocutor en esa ocasión, oponía con orgullo a nuestra sociedad como «una especie de colectivo» basado en la solidaridad y en valores culturales. Pintaba bien. Pero la historia no ha seguido por ahí. La Europa resultante, construida desde arriba, lo es en base al modelo de desregulación económica neoliberal, mediante tratados que han sorteado, cuando no obviado, el no de sus ciudadanos. Hoy Grecia debe 350.000 millones de euros (pronto deberá 130.000 más) y no alcanza ni a pagar los intereses, pero el doble de ese dinero se ha destinado a ayudar a bancos acreedores (alemanes y franceses). La moneda común encorsetó artificialmente enormes diferencias entre países que ahora vuelven a ser cruelmente patentes. El sabio Emilio Lledó se refiere a esta situación como la de «una guerra europea sin cañones». Reducido el Parlamento europeo a un escenario teatral, la toma real de decisiones es cosa de Merkel, del segundón Sarkozy y del nada democrático BCE, a quien Monti llamaba el «dictador extranjero», antes de ser nombrado presidente tecnócrata italiano. Imaginar el futuro de una sociedad requiere la participación e integración de sus miembros, pero eso se antoja imposible con un 22% de paro juvenil en la UE (¡48% en España!). También compartir lazos, proyectos y herencias culturales, pero eso ocurre cuando se construye desde la base, porque ahora mismo la cultura es la primera víctima de la tijera, lo que Daniel Barenboim, director musical de la Scala de Milán, achaca a «la falta de honestidad» de los dirigentes. Entre las prioridades de las infinitas cumbres europeas no figuran nunca ni los ciudadanos ni las sociedades. Hace unos días, el profesor Vicenç Navarro se preguntaba si la solución no pasaría por la salida del euro. A bote pronto no suena bien, pero sí mejor que seguir esperando la llegada de una hecatombe en la que ya solo se nos permita rezar. Siempre, claro está, que sigan ahí las catedrales.
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