Quizá el auténtico plan de los gobernantes pase por convencernos de nuestra desgracia en pequeñas dosis
Publicado en El Periódico de Aragón el 22 de enero de 2012
Las declaraciones de quienes gobiernan ahondan en recalcar sacrificios y contención. Lo que llaman austeridad, entendida como una necesidad para todos, es solo una despiadada imposición que no cura ni soluciona y que solo conduce a una aguda y crónica precarización de la vida de la mayoría. Sin noticias de los brotes verdes, entre tanta niebla, quienes se han arrogado de la potestad de sacarnos de esta no ven dos pasos más allá. O aún peor: a falta de modelo, sistema o dirección que seguir, quizá su único, perverso y secreto plan pase por convencernos de nuestra desgracia presente y futura mediante la administración de pequeñas dosis. Más que nunca las injusticias combinadas con el miedo se cocinan a fuego lento. Pero nos lo sirvan guisado o en crudo, lo que resulta imposible de entender es que los severísimos recortes en sanidad y educación o el bloqueo de inversiones públicas compartan la misma realidad que, por ejemplo, los escandalosos rescates a entidades financieras o los sueldos de los ejecutivos de estas cúpulas (Rodrigo Rato, que no es el que más cobra, tiene un fijo de 2,34 millones al año, ocho veces más que lo que cobraba en el FMI y 30 veces más que el presidente del Gobierno).Todo ello sin olvidar las obscenas indemnizaciones a quienes precisamente han arruinado unas cuantas de dichas entidades. Dicen sí, es probable que sea inmoral, pero es legal. Pero no, no puede ser suficiente explicación para un pueblo que lo que percibe después de todo es la «actitud prevaricadora» de los gobernantes, como ha descrito el profesor Jorge Fonseca. Según el catedrático de la Complutense, las políticas monetarias que suponen un coste para los trabajadores suelen aplicarse en «contextos políticos autoritarios». Está claro que el dinero ha huido del mundo del trabajo. Los beneficios de verdad están ahora en el mundo financiero y especulativo. Y en este escenario no podremos seguir hablando de democracia mucho más tiempo. Si nadie lo remedia, y no se vislumbra ningún héroe, la brecha de las desigualdades se hará más y más grande. Una frase atribuida al pensador estadounidense Fredric Jameson sirve de perfecto resumen: «Es más fácil imaginar el fin del mundo que el final del capitalismo».
