Gracias muchas

Roberto Miranda se jubila tras dedicar una parte de su vida al sacerdocio y otra al periodismo

Publicado en El Periódico de Aragón el 9 de enero del 2011

Escribió en una ocasión que cuando El Fandi llegó a la barrera tras poner un par de banderillas tenía las cejas como el logotipo de McDonald's, narró que la esposa de un político aragonés agarraba su bolso bajo la axila como si fuera una ametralladora checoslovaca, y de un compañero dice que le recuerda a un secador de manos automático, que comienza a hablar cuando te acercas y se calla cuando te separas.
    A ello hay que sumar titulares como Bilbiligordo, cuando la Lotería de Navidad cayó en Calatayud, o expresiones tan suyas como los flejes de la suspensión humana. La lista de ejemplos asociados a su carrera no terminaría nunca, incluyendo, por supuesto, aquellos inolvidables El alcalde deja el sillón porque no tiene respaldo o La almendra del Bajo Aragón no vale para cascarla, con motivo, este último, de una mala cosecha.
Roberto Miranda es un periodista eminentemente visual. Su ilimitado talento para la descripción sumado a un gran sentido del humor le han permitido durante años alcanzar el sueño de todo autor: que sus textos sean reconocibles sin necesidad de mirar la firma. Se trata de un maestro de esos que enseñan sin quererlo, que pasa por la vida escondido detrás de su ingenio.
    Como además de periodista tiene alma de cura obrero, algo a lo que no renunció cuando en los ochenta colgó la sotana por amor, avisa de que algún día Jesucristo regresará en patera y nos cogerá a todos mirando hacia el oropel del Vaticano.
    Entre sus miles de papeles y libros guarda con cariño la misiva que le envió Hans Küng en 1980 --"gracias muchísimas, Roberto", decía de puño y letra el teólogo alemán--, cuando ejerciendo de misioneros en Burundi Miranda y su compañero Pedro Mendoza difundieron por todo el planeta una carta abierta a Juan Pablo II. En ella salían en defensa de un grupo de teólogos de varios países que habían sido desautorizados por el Vaticano y pedían al Papa que democratizara la Iglesia católica.
    La misma valentía y descaro e incluso algo de tozudez le han acompañado siempre, lo que le han convertido en un compañero fiel y cercano. Al verle recoger los bártulos uno lamenta que la jubilación a los 67 no sea ya un hecho. O en su caso, que fuera ilimitada. Gracias muchas, Roberto, por todo.

 
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