Los derrotados por el poder económico siguen sin ofrecer mensajes de una mínima recuperación
Publicado en El Periódico de Aragón el 3 de julio de 2011
Hubo un tiempo en que poder económico y poder político podían ser comprendidos por separado. El motor del capitalismo se asentaba en el desarrollo científico y tecnológico, sobre el raíl de un progreso continuo y orientado a facilitarnos un mayor bienestar. Y es ahí donde el poder político, apoyado en unas firmes instituciones, administraba ese bienestar conforme a los intereses democráticos expresados por los ciudadanos. Hoy ese camino ya no es transitable. Por un lado tenemos lo que el sociólogo Ulrich Beck llamó "secuelas no deseadas" del crecimiento sin control, y por otro, el mercado, como se conoce genéricamente a personas y entidades que especulan con los recursos de todos, que ha mostrado una voracidad ilimitada. Resultado: cada vez menos personas tienen más.Las reglas de la democracia representativa siguen intactas, pero ahora el debate es más pobre, en parte porque las cuentas de los países están en manos de las opiniones de las agencias de calificación, que actúan a la vez como juez y parte. Los programas electorales son menos eficaces cuando no hay garantías garantías de ser llevados a cabo, y las promesas de campaña no dependen de la voluntad de los partidos: exceden a su capacidad real.
Como ya no es posible construir un discurso, la obtención de los escaños se enmaraña en un lenguaje negativo, prolijo en descalificaciones e insultos que, además de ser un pésimo ejemplo para los ciudadanos, deja al descubierto que cuando no se tiene un mensaje la única manera de ganar es que los otros pierdan con más rotundidad.
No se ha tratado de una fusión, ni de una alianza. La propia idea de progreso continuo se ha quebrado. Es el triunfo del poder económico, que ha engullido a su otrora compañero. Las consecuencias son terribles y ya no solo porque ahí fuera toma cuerpo la primera generación que vivirá peor que la de sus padres. Lo más alarmante es que lejos de pensar cuanto antes en la regeneración, los vencidos del decaído poder político pelean entre ellos por las migajas que han quedado. Están tan ciegos que ni atienden a los nuevos intentos de democracia deliberativa y participativa, con sus aciertos, errores y lemas. "¡Vamos lentos, pero es que vamos muy lejos!", dice uno. Ojalá.
