No es buen momento para el histrionismo y la excesiva teatralización del pulso entre PP y PSOE
Publicado en El Periódico de Aragón el 11 de septiembre de 2011
La más o menos proximidad del 20-N (ya vivimos con intensidad e incluso algo dehastío la pre-pre-pre-campaña) supone para muchos un alivio y la creencia de que un cambio de Gobierno que se da por seguro será suficiente para revertir una pésima situación, aunque la experiencia de otros países no avala esta esperanza. Está claro que el margen para la acción política se ha estrechado en dos sentidos: uno por imposición --de los mercados--, otro por el descuido de lo social.
Admitiendo el peso de las particularidades de cada país, nuestro presente y nuestro futuro está ligado al de la Europa comunitaria, un proyecto basado en la unidad monetaria y en la vaga idea de que lo económico debería empujar a lo político, y con suerte finalmente a lo social. Cualquier programa político se verá supeditado a la coyuntura económica que consienta Alemania y la voluntad de los mercados, por arriba. Pero también se ha configurado otra frontera imprevista: la insubordinación social en torno al movimiento 15-M, que sigue dando muestras de asentamiento.
Entre este suelo y aquel techo, las maquinarias de los dos partidos que pueden gobernar a partir del 20-N deberán mirar en todas direcciones y no solo a su antagonista. Pero convendría no olvidar lo sustancial de la emergencia: anteponer el bien de todos, la necesidad de llegar a construir consensos incluyentes, por muy conflictivos o incómodos que parezcan. No cabe entender la responsabilidad de otra manera. La lucha por el poder suele traspasar límites censurables. Wittgenstein decía que más allá de las razones está la persuasión, pero quizá no sea buen momento para el histrionismo y la excesiva teatralización de la campaña. El barómetro del CIS de junio advertía de que los partidos y los políticos son percibidos como una preocupación para el 24,7% de los encuestados; un 86,6% los relacionan con prácticas corruptas; un 49,5% cree que los medios subestiman los escándalos, y un 76,9% se interesan por la actividad de los indignados, considerada como positiva por el 70%.
La naturaleza del poder es arrogante, egoísta y excluyente. La confianza, un regalo de la intuición, refleja esperanza; pero la credibilidad se inspira, no se impone. Todos nos jugamos demasiado.
