Los sindicatos tratan de despertar a una sociedad que da síntomas de hastío frente a la crisis
Publicado en El Periódico de Aragón el 19 de diciembre de 2010
Los sindicatos vuelven a tocar los tambores de la huelga general, en esta ocasión con la reforma de las pensiones como telón de fondo. Como los árboles de los piquetes no les dejaron ver claramente el bosque y siguen convencidos del éxito del 29-S --sin duda un paro más sindical que social--, los responsables de UGT y CCOO se esfuerzan en estirar la cuerda en contra del Gobierno, pese a la sensación de adormilamiento que ofrece la sociedad española. La percepción es la de que la gente está hastiada de tanta crisis o quizá ya rendida ante tanto vaivén y tantos paquetes de medidas que no muestran precisamente la salida del túnel. Sin cuestionar el vital papel del sindicalismo, pero asumiendo la falta de penetración de los sindicatos actuales en la sociedad en un momento tan crudo, quizá los motivos de esa anestesia general merezcan un análisis más profundo. El sociólogo alemán Ulrich Beck, por ejemplo, da por hecho que en la actualidad ya no existe la conciencia de clase debido al grado de modernización logrado y que se han acabado "las reservas del sentido de grupo". Beck da qué pensar cuando dice que el rasgo actual de la sociedad es la "individualización", un término que equipara a la disolución de las formas de vida de la anterior sociedad industrial. Argumentos así y otros similares explican porqué al ciudadano de hoy le cuesta asumir que los derechos no se obtienen de una sola vez y para siempre, sino que merecen un esfuerzo continuado y de grupo.El estadounidense John Dewey, filósofo de referencia en la primera mitad del siglo XX--falleció en 1952--, dejó escrito que la democracia solo se puede comprender como "un proceso abierto y evolutivo". Años después, Tomás Ibáñez Gracia, doctor en psicología social nacido en Zaragoza en 1944, mantiene que la democracia radica en "no dar nunca por acabada la consecución de la propia democracia". En la misma línea de ambos pensadores, parece lógico preguntarse si los derechos sociales no merecen también un esfuerzo personal y colectivo constante, como si se tratase de ejercitar un músculo. Sin dejar de vigilar lo que se tiene amarrado, se antoja evidente que los derechos hay que conquistarlos día a día y no solo reclamarlos de huelga general en huelga general.
