Los pueblos sublevados contra los sátrapas han desenmascarado a la vez a los líderes mundiales
Publicado en El Periódico de Aragón el 6 de marzo del 2011
Preguntado en Túnez por la histórica permisividad de Europa con los regímenes autoritarios árabes que ahora todo mundo ya detesta sin miramientos, Rodríguez Zapatero contestó que lo esencial era «el futuro y no el pasado». Respecto a Argelia y Marruecos, con los que España tiene intereses recíprocos, el presidente también se mostró esquivo para evitar «injerencias». Está claro: la realpolitik está de moda y el de Zapatero es un ejemplo más.
Con el poder económico manejando el poder político ya sin disimulo, la realpolitik (política de la realidad, en alemán) deja en un segundo plano de una manera indecente los prejuicios ideológicos y morales inherentes al lenguaje político, para no perder el horizonte práctico de la competitividad. El invento no es nuevo. Los libros dicen que lo acuñó el canciller Otto von Bismarck en el XIX para establecer relaciones internacionales pragmáticas por encima de cualquier credo o ética. Nunca ha estado en desuso --los ultraliberales Thatcher y Reegan han sido dos de sus grandes exponentes--, pero ahora sirve de recurrente alfombra para para que el primer mundo barra debajo décadas de mirar para otro lado.
En 1930 el secretario de Exteriores mexicano Genaro Estrada ideó una táctica que permitió a su país durante los siguientes 70 años no mojarse con los cambios de poder de las naciones de su entorno, especialmente los violentos. Justificaba la no injerencia en asuntos internos de otros países, sobre todo turbios, amparándose en que las relaciones internacionales se establecen entre Estados y no entre gobiernos (o formas de gobierno).
La conocida como doctrina Estrada, comúnmente asumida en Occidente, complementa a la perfección la tendencia de la política de la realidad, articulando sin grandes escrúpulos el juego de las relaciones comerciales entre Estados. Está claro que una posición vergonzosa en un principio puede, perfectamente, cobrar sentido en política. Así lo corroboran sin rubor los líderes mundiales en el caso de los países árabes, sin percibir que los pueblos sublevados, al poner contra las cuerdas a sus sátrapas, han lanzado a la vez un duro mensaje al resto del mundo: antes que cualquier realpolitik está la lucha por la libertad.
