En un mundo que ya no dirigen por completo, los gobernantes no quieren ceder todavía más terreno
Publicado en El periódico de Aragón el 16 de octubre de 2011
Democracia es el abracadabra de Occidente, la palabra mágica, su contraseña. Es el modelo que organiza y estructura su actividad y su progreso. Como convoca a todos sus habitantes a ser partícipes de su construcción, es también la sustancia que compacta, que cohesiona, que integra a todos y los hace cómplices necesarios, implicados aunque no quieran. No cabe un afuera de la democracia en Occidente.Siendo el mejor sistema, o el menos malo, y tan incluyente como presume ser, debería recoger y garantizar la participación en la defensa de los intereses comunes... de todos. Pero nunca se nos cuentan toda la verdad. Hay truco. Dentro del marco definido como democrático, la conquista y el uso del poder es un asunto de tal magnitud que por sí mismo se protege de lo que le conviene identificar como «prácticas insuficientemente democráticas». Por ello no duda en empujar a movimientos como el del 15-M hacia el embudo de sus mecanismos representativos y sus oscuros filtros codificados que estrangulan el acceso. En el siglo XIX, el visionario pensador francés Alexis de Tocqueville ya advirtió de que la Democracia era una «encrucijada» en la que había sitio tanto para la libertad como para el despotismo. Ha pasado siglo y medio... y así ha sido siempre. En un mundo que ya no dirigen por completo, dado el papel preponderante del poder financiero, los gobernantes no están dispuestos a ceder más terreno frente a lo que creen son amenazas de última generación, y optan por blindarse ante las convulsiones internas de los súbditos, que unas veces son considerados como ciudadanía o pueblo y otras como masa o gentío.
Sin ir más lejos, de «pendencieros», «camorristas» e incluso «golpistas» ha calificado a los indignados Esperanza Aguirre hace solo unos días. Ahora, tras las protestas de ayer en muchas ciudades de España y el mundo, no estaría de más reflexionar un poco. Uno puede alinearse con tesis tan documentadas como las de la lideresa, o, por ejemplo, darle unas vueltas a ideas como las del propio Tocqueville, cuando dijo que el pueblo no es soberano solo porque vota y elige a sus gobernantes, sino porque se reserva además el derecho de actuar por sí mismo. Y, siglo y medio después... en eso estamos.
