Voto en blanco

El sistema electoral no guarda sitio para los votos románticos; se convierten en apoyo a los grandes

Publicado en El Periódico de Aragón el 15 de mayo del 2011

Hay ideas que parecen costipados. Irrumpen sin avisar, nadie sabe de dónde vienen ni por qué, pero se extienden como un virus contagioso que lo inunda todo con una enorme rapidez y tremenda eficacia. Un claro ejemplo lo protagoniza el voto en blanco cuando se afirma que recoge un sentimiento de protesta ante la acción de los políticos en general. Nada más falso que defender que un sobre vacío sirve para enviar a los dirigentes un mensaje de rechazo o lanzar un ¡basta ya!. No en un sistema electoral que no guarda precisamente sitio para las críticas románticas, sino para lo que por ejemplo el filósofo Slavoj Zizek describe como la muerte de "lo político" a manos de la "mercantilización de la política".
    El profesor esloveno, que en el año 1990 trató sin éxito de acceder a la presidencia de su país, sostiene que en las sociedades más desarrolladas los políticos son "empaquetados y vendidos" como mercancía en las elecciones, y que los votos son como "dinero" que entregamos para comprar el gobierno que deseamos. Es decir, de romanticismos, nada de nada.
    Técnicamente, al pasar por el filtro del método D'Hont el voto en blanco encarece el porcentaje necesario para obtener un escaño y termina por reforzar a los grandes --y más aún en un escenario político tan bipartidista como el español-- y estorbar la presencia de los partidos pequeños. Así, el supuesto voto de castigo o de repulsa hacia los líderes más poderosos se transforma en un regalo para el vencedor, o en su defecto para su gran rival. Ninguno de los dos primeros clasificados hace ascos a un buen puñado de sobres huecos en las urnas ni está por la labor de aclarar el malentendido respecto al voto en blanco, que en el fondo les beneficia.
    Al margen de las razones que animen a votar así, es preciso ser consciente de que su efecto práctico está más cerca de reflejar indecisión que indignación. La imagen es la de un votante que quiere participar, pero se ve incapaz de elegir una opción concreta y opta por delegar en el resto de electores. ¡Que decida la mayoría! Un quiero y no puedo respetable, pero que suena a no tener opinión propia. Votas y te vuelves a casa tan vacío como el sobre que acabas de dejar, a esperar el siguiente costipado.
 
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