Populismo

Los gobernantes desean interlocutores receptivos pero pasivos, a los que pedir aprobación, no participación

Publicado el 27 de mayo de 2012 en El Periódico de Aragón

El populismo es una sombra que a menudo mancha las democracias. Si bien estimula la idea cohesionada de un nosotros, lo hace para un posterior provecho particular. Se vale de la retórica para sintonizar con emociones y sentimientos eludiendo argumentar. En realidad se dirige a interlocutores receptivos pero pasivos, a los que pide aprobación pero no participación. Busca reforzar la idea de un líder a costa de la autonomía ciudadana, construyendo un muro en medio, hecho de redes de lealtades clientelares y favores inconfesables. Convierte la legitimidad representativa en una entrega de voluntades. Aunque en el fondo busca lo mismo, sus prácticas son diversas, en función de la fuerza de los símbolos que funcionan mejor en cada lugar del planeta.
    En EEUU el valor de valores es el espíritu recto que nunca descansa, que codifica los conflictos políticos, económicos y sociales como conflictos morales, como corresponde a su altiva visión de amo del mundo. Una guía inflexible que estira lo religioso hasta la caricatura. En el sur de América resulta más rentable el victimismo; recordar una herencia colonial que tapa, aunque reproduce, nuevos nepotismos. En Europa, donde tanto daño histórico hizo, ha tardado años en repuntar, pero ya es más que una preocupación desde la asfixiada Grecia hasta los antes modélicos países escandinavos.
    En España tiene rasgos propios. A falta de partidos radicales suficientemente fuertes, y dado que los votos que valen gobiernos se encuentran en ese limbo cambiante llamado centro político, su componente tradicional es el paternalismo. Recurre a vaguedades de una exasperante ambigüedad que dicen expresar firmeza ("haremos lo que tengamos que hacer"), con pretensión de certeza ("como Dios manda").
    Como ocurre con tantas otras cosas, siempre es más intolerable cuando lo vemos en los demás. Así, nos parece inaceptable que Fernández de Kirschner no celebre consejos de ministros en Argentina, pero no tanto que Rajoy, con la que cae, no tenga previsto comparecer en el Congreso hasta julio. El populismo es siempre una pérdida de derechos, una distorsión de la democracia y una erosión de la eficacia institucional, pero también la última salida para muchos que no saben hacer otra cosa.

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