Glub, glub

Con España a la deriva como el 'Titanic', queda saber si Mariano Rajoy está al frente de la nave o de la orquesta

Publicado en El Periódico de Aragón el 17 de junio de 2012

Para explicar la realidad que nos rodea, últimamente se ha hecho famosa la teoría del Titanic; tejida y comentada --ley del tabaco mediante-- en las aceras de la madrugada, como diría el gran Joaquín (Sabina, se entiende). Es tan buena o tan mala como cualquier otra, pero parece más acorde dado el escenario en que vivimos, quizá por su relación directa con la palabra rescate, sí, esa que aún hoy algunos siguen negando tres veces como otras tres, o más, negó ZP la crisis. Básicamente, la idea pasa por comparar a España con el inmenso transatlántico hundido hace un siglo, concretamente con las horas posteriores al impacto con el iceberg. El golpe es definitivo. El boquete no tiene arreglo, pero el barco, que se dice indestructible, sigue su ruta como si tal cosa, sirviendo la cena al pasaje, que incluso es amenizado por un grupo de músicos que tienen orden de tocar hasta que el agua le salga por las orejas. A partir de ahí, se admiten todo tipo de añadidos, aunque impera el que sitúa a Rajoy, batuta en mano, al mando de la orquesta antes que al frente de la nave.
Entre los pasajeros de primera, es decir, los llamados a salvarse sí o sí, sobresalen, claro, los bancos, los mismos que hace un año presumían de superar con solvencia todo tipo de test de esfuerzo y que ahora, qué contrariedad, necesitan de entre 70.000 y 100.000 millones de euros para respirar. Y si expertos como el economista Javier Lázaro Zapater tienen razón, con los días las cifras podrían aumentar, ya que el colchón que de verdad necesita la banca pasaría por un extra de 50.000 millones más. Mientras, voces como la del profesor Juan Ramón Rallo insisten en advertir de que esto es solo un "parche" y que al final serán los contribuyentes los que "abonen la factura" --los que terminen bajo el agua--, cuando la solución pasaba por "convertir a parte de los acreedores de los bancos insolventes en accionistas", algo propio de un auténtico sistema capitalista, "donde cada uno debería cargar con sus errores de inversión".
Pero, claro, no interesa dejar sitio para ideas que transgredan los límites (mentales) de los que mandan. No caben en una historia que se repite y que ya sabemos cómo termina: glub, glub...

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