En lugar de combatir las injusticias, muchos maniobran para que les toquen por el lado bueno
Publicado en El Periódico de Aragón el 10 de junio de 2012
En ocasiones las palabras no salen. O si lo hacen, llegan al papel sucias, manchadas de improperios y exabruptos. Impulsivas reflexiones de barra de bar en las que ya no se puede esconder la ira, la tirria que provocan unos gobernantes que siguen dando palos de ciego como en el juego de la cucaña. Eso sí, al ritmo que marca la cancillera, que siempre queda más pomposo y comunitario.Será cosa del hastío. Demasiados años de crisis y de análisis que ya suenan todos iguales, de cifras y balances cada vez más enrojecidos, de monocordes tertulianos de todo a cien especializados en la prima de riesgo desde hace tres días, de argumentos gastados para justificar (o no) la incapacidad de los de antes y la inutilidad de los de ahora.
Es evidente que la tensión crece. Es lógico. Por ello no está de más cobijarse en la tranquilidad de algún amigo o círculo de amigos, de gente que sepa bajar el balón al suelo, con habilidad para manejar los conceptos y las situaciones en una época en la que, a veces, no faltan tentaciones para arramblar con todo por la vía Clint Eastwood, cogiendo a alguno del pecho o soltando mamporros a derecha, izquierda y, por supuesto, al centro. Es entonces cuando se agradece escuchar en boca ajena muchas de las opiniones que retumban en nuestra cabeza pero no acertamos a verbalizar de una manera sosegada, presos de la frustración, el miedo y la desesperanza.
Lo mismo ocurre con los libros. Uno lee por ejemplo a Rafael Reig en Todo está perdonado y ya no tiene problema para identificar con tranquilidad a aquellos que después de ganar la guerra, se preocuparon también de ganar la paz y además triunfaron en la "Inmaculada Transición" (algunos, disfrazados con chaqueta de pana y coderas, haciéndose pasar por rojos, como dice el profesor Antonio Domínguez).
Son los mismos (ellos, sus hijos y sus nietos) que por supuesto ahora no están dispuestos a salir derrotados por la interminable crisis. Admiten las injusticias, pero lejos de combatirlas maniobran para que les afecten por el lado bueno. Aguantan cada embite con exquisito cinismo, se pasan los altos cargos (públicos y privados) como si fueran la sal, y, por mucho que la tortilla gire, a ellos siempre les coge encima. Y, lo que es peor, además se sienten perdonados.

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