Los mercados financieros se apoyan en zombis políticos que solo están pendientes de su propia superviviencia
Ideología es uno de esos términos que el hegemónico poder ultraneoliberal querría borrar de nuestro léxico y de nuestras vidas. Y no deja de intentarlo. En 1989, tras la caída del Muro, Francis Fukuyama proclamó el fin de las batallas ideológicas por la eliminación de alternativas, celebrando el triunfo inevitable del liberalismo político y de la economía de mercado. No era el primero. A comienzos de los 60, el sociólogo Daniel Bell ya había decidido que lo importante eran los resultados, especialmente económicos, y no las ideas.
La ofensiva neoliberal de Reagan y Thatcher durante los ochenta, y la reacción de la socialdemocracia, que se negó a sí misma para reconvertirse en el socioliberalismo de Blair, fueron confirmando el éxito de la estrategia, tanto que Ramonet llamó "pensamiento único" al estrecho margen teórico resultante. El ala conservadora creaba así un marco a la medida de una diluida gran clase media que no era sino el resultado de borrar la anterior lucha de clases.
Pero lo peor estaba por venir, y ya lo tenemos aquí. En la vertiginosa deriva posdemocrática e incluso pospolítica que vivimos, los mercados especulativos financieros no necesitan ningún pensamiento porque su lógica es otra. Las acciones que ponen en marcha se nos presentan como "inevitables" jugando con el efecto paralizador de la incertidumbre y el miedo. Su embudo ahoga cualquier otra alternativa.
Tienen de su parte la gestión de entidades que no han sido elegidas democráticamente (FMI, BCE). También la casta residual de algunos zombis políticos que solo están pendientes de su propia superviviencia, y la reciente incorporación de tecnócratas que, como replicantes que son, solo atienden a una misión programada desde arriba. Pero el sacrificio innecesario de la ideología, de dotar a nuestra vida de un sentido, de una dirección, tiene un límite. Las actuales maquinarias electorales, antes conocidas como partidos políticos, pagan cada vez más caro tratarnos como audiencias televisivas. Son los partidos los que se desafectan de los ciudadanos y no al revés. En su obstinación, unos se hunden y los otros no se levantan. Las encuestas lo dejan claro.

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