El sociólogo Jeremy Rifkin sostiene que la evolución y el progreso humanos se basan en la reducción del egoísmo
Publicado en El Periódico de Aragón el 2 de septiembre de 2012
El hecho mundial más trascendente del presente es, probablemente, el escandaloso aumento de las desigualdades entre la población. Según el Informe sobre la Riqueza Global de Credit Suisse, apenas el 0,5% controla más de un 35% de la riqueza total. Al cobijo de la frialdad impersonal que ofrecen los números para el capital especulativo, que no genera porvenir, Jean Peyrelevade revelaba que ya en el año 2005, solo el 0,2% de la población mundial controlaba la mitad de la capitalización del planeta. En un cruel pulso de intereses, el puro beneficio parece adueñarse del curso de la Historia.
Y así la sociedad, tal y como la hemos conocido y construido en el mundo occidental, se muestra como una institución caduca y debilitada, porque ante las ordas de los mercados se ha convertido en un obstáculo cuyos elementos, desamparados, son tratados como partidas que se pueden optimizar recortando derechos y añadiendo deberes. La cuestión es si es posible aún restablecer lazos. Por un lado, el economista y escritor Jeremy Rifkin hace un alentador ejercicio de reinterpretación de nuestra civilización, en función de nuestra facultad empática, para concluir que la evolución humana y el progreso se basan precisa e inexcusablemente en el placer de la colaboración y la reducción del egoísmo. Sin embargo, Zygmunt Bauman constata que la incertidumbre del presente es una poderosa fuerza individualizadora que divide y desune, que nos empuja hacia la soledad y a vivir el desánimo como una tragedia personal, no como una causa común.
La rendija de la globalización que permitió, vía internet, nuevas formas de información, comunicación y finalmente cohesión a través de las redes sociales, ha producido espectaculares movilizaciones, en ocasiones, a una velocidad nunca imaginada, pero todavía ha de probar cómo esa efervescencia de entusiasmo se posa en estructuras consistentes. Recordar que si bien son las relaciones las que nos construyen, como personas y como ciudadanos, esto exige primero el esfuerzo individual de resistirse a vagar sin más. Alain Touraine lo concretó así: "No hay sujeto si no es rebelde, dividido entre la cólera y la esperanza".

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