El portazo

Una generación de españoles que se curtió en la posguerra y ha vivido todo tipo de avatares, Transición incluida, ve ahora cómo sus hijos regresan a casa divorciados y en el paro.

Publicado en El Periódico de Aragón el 16 de septiembre de 2012

Deslizó las fotos de los nietos entre la mortaja, le besó en la frente, le acarició la mejilla... y cerró el ataúd. Lo hizo con toda la pausa que pudo, alargando cada instante, retrasando la despedida, hasta que no aguantó más... y se derrumbó. Hasta ahí había llegado. Era inhumano soportar ese sufrimiento. Ni siquiera ella era capaz. Un día antes, la escena de los policías dándole la noticia ya le había llevado a un límite aparentemente imposible de superar; sin embargo, aquello no fue sino el principio de lo que estaba por venir. Y quedaba lo peor. Aún faltaba el portazo.

El ajetreo propio del velatorio, el funeral, las misas y los rosarios (besos, abrazos, lágrimas compartidas, el piso lleno de gente, comidas y cenas para unos y otros...) tuvo efecto amortiguador. Unas pequeñas pastillas llamadas Orfidal, también. Unos días en casa de un hijo en un pequeño pueblo barcelonés, lo mismo. El portazo esperaba a lo lejos, pero nadie pensaba en él. En lugar de mirar hacia adelante, todos preferían mirar hacia atrás.

Huérfana de madre desde los cuatro años, la vida le pegó duro desde el principio, incluyendo los avatares de la posguerra (pan negro, cartillas de racionamiento, trueque...) y la necesidad de trabajar desde niña para poder plantar cara al hambre. Conocerlo y casarse con él lo cambió todo, pero los momentos duros nunca faltaron. Eso sí, se enfrentó a todos uno por uno.
Primero como ama de casa de los 70 y esposa de un hombre entregado en primer lugar al trabajo, luego al trabajo y, más tarde... al trabajo. Después como madre de cinco hijos que no terminaron de volar del nido hasta el cambio de siglo. Y años más tarde como amiga y abuela --en muchas ocasiones coincide--, como integrante de esa generación que ha visto venir de vuelta a sus vástagos con la sentencia de divorcio en una mano, algún que otro mocoso que criar en la otra y la tarjeta del paro en la boca; obligada a hacer malabares con una pensión cada vez más corta. Pero a todo se hizo. En todo se especializó. Todo lo asumió como si se tratara de distintos retos. Hasta que llegó el peor de todos; el que solo empieza en el momento que todos regresan a lo suyo, cerrando la puerta tras de sí, y cae la primera noche en soledad: el reto de ser viuda. 

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