De la mayoría silenciosa, Mariano Rajoy juega con las cartas marcadas y solo destaca lo que le interesa. No todo es lo que parece
Publicado en El Periódico de Aragón el 11 de noviembre de 2012
Atrás queda aquel mundo bipolar donde cabían países no alienados. En el mapa global del hoy, vivir aislado es el raro privilegio de algunos Estados autosuficientes o, simplemente, un suicidio. En Europa, aunque tenemos ejemplos del primer tipo, como Suiza o El Vaticano (no tan diferentes entre ellos), viajar hacia el futuro en una estructura superior como la Unión Europea es algo casi obligatorio o de obcecada conveniencia.
Otra cosa es el furgón en el que lo hagas, porque ahora constatamos que sí había clases, especialmente en los países mediterráneos y el católico caso de Irlanda. El precio del viaje es ceder soberanía. Así, en lo económico y ante la rigidez de una única moneda para todos, la condena es la rebaja de los salarios y la consiguiente devaluación de las expectativas vitales. También en lo político hemos sido testigos y víctimas de cómo la Constitución, que debe garantizar nuestro marco de libertades, se ha visto rasgada por el punzón que antepone como prioridad el pago a los acreedores.
Pero si por algo mantenemos aún el poder propio de una nación inequívocamente independiente es por conservar un Ministerio del Interior, título un tanto misterioso y esotérico según se mire, encargado del "monopolio de la violencia física legítima", tal y como definía Max Weber al Estado en cuanto comunidad humana. Delimitar qué es exactamente mantener el orden no es sencillo. Proteger a los ciudadanos de sí mismos es un concepto enmarañado, tan raro como considerar la resistencia pasiva un atentado contra la autoridad o pedir cárcel para convocantes a manifestaciones por internet.
El bullicio no es, en sí, sinónimo de caos, sino de vida y de actividad. Entendido como ruido, solo perturba el sosiego de quien puede permitírselo. Por eso Rajoy alaba la "mayoría silenciosa que no se manifiesta", distanciándose de aquellos a los que luego pedirá su voto. Y es que juega con las cartas marcadas, otra vez. Se olvida de que el mismo Jean Baudrillard, que tanto se ocupó de la "mayoría silenciosa", ya advirtió de que ese silencio era paradójico; una aparente apatía que no ofrece seguridad sino incertidumbre y aleatoriedad al sistema-control. Es decir, un peligro latente. Ojo.

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