La sofocante sensación de impunidad en las alturas provoca una inevitable desafección hacia la política
Publicado en El Periódico de Aragón el 13 de enero de 2013
La desfachatez con la que se pretende saldar el caso de financiación ilegal del partido de Duran Lleida alimenta un poco más la frustración y la indignación. Queda aguardar al siguiente escándalo. Habrá más. Seguro. En una situación de progresivo deterioro social, el indiscriminado e irracional reparto de sacrificios y privilegios deja los agravios cada vez más obscenamente al descubierto. El cinismo ya ni permite un hueco al disimulo o a la vergüenza torera. ¿Para qué? Tanto me llevé, tanto devuelvo y quedo perdonado, limpio como si de tomar una simple ducha se tratara.
Con más de 300 políticos implicados en sus cargos, se entiende que la preocupación de los españoles por la corrupción y el fraude vaya en aumento, hasta el punto que se ha duplicado solo en el último mes, según el CIS. Así, a la constatación cada vez más cruel de que los recortes se ceban en las bases de la pirámide y nunca en la cumbre, se suma el reparto clientelar de cargos, el pago de lealtades o los enchufes familiares que incluyen esas flagrantes redes de nepotismo asentadas de este a oeste, o, lo que es lo mismo, de los Fabra de Castellón a los Baltar de Orense, caciques reconvertidos en barones.
Por momentos, la apertura de procesos judiciales reaviva esperanzas, pero por desgracia muchos se mueren por el camino; entre recursos y alegaciones que buscan (y logran) que los delitos prescriban, los defectos de forma que anulan años de investigación o, en última instancia, la concesión de inexplicados indultos llegados de Moncloa o sonrojantes pactos de última hora, como el del caso Pallerols.
La sofocante sensación de impunidad en las alturas ante el estrangulamiento de las condiciones de la mayoría provoca una inevitable desafección hacia la política, fenómeno desmovilizador que para colmo da alas a los verdaderos poderes, esos que tienen a los políticos como rehenes. La toma de conciencia ante la corrupción y el fraude es una terca evidencia que se impone a interpretaciones más interesadas de la realidad. Pero no nos podemos dejar engañar. Si no elevamos de una vez el nivel de exigencia sobre las responsabilidades públicas, su sentimiento de culpa se irá por el desagüe. Y nuestro futuro, también.

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