La corrupción no suele castigarse en las urnas. Algunos han aumentado sus votos estando implicados
Publicado en El Periódico de Aragón el 3 de febrero de 2013
No nos representan fue uno de los lemas que más calaron en las movilizaciones del 15-M. Algunos vieron en él una declaración de guerra subversiva y no una crítica o la constatación de un retroceso democrático. Pero la protesta y la denuncia no iban dirigidas al sistema en sí, sino al modo en como este se había pervertido a sí mismo. La modélica Transición española mostró su inocencia cuando no contempló la posible financiación ilegal de los partidos, y a día de hoy sigue sin estar incluida en el Código Penal. Pese a que los ejemplos se remontan tiempo atrás (Naseiro, Filesa...), ninguna formación ha movido ficha en una cuestión tan crucial. La salud de nuestra democracia, desgraciadamente, a veces chirría con omisiones tan elocuentes.Las sospechas no son pruebas, faltaría más, pero quien administra para el conjunto de la sociedad, por definición, debería ser escrupulosamente cuidadoso en despejarlas inequívocamente o, muy al contrario, forman nubes cada vez más compactas, oscuras y bajas. La labor recaudadora de fundaciones como Faes o Ideas, la devolución de favores en la puerta giratoria de lo privado y lo público, el modo como crecen algunas redes clientelares... Resulta difícil no relacionar concesiones de privilegios a bancos y a sus mandos (e inexplicados indultos), con otras noticias de condonaciones de deudas a partidos, que solo propician decisiones cautivas.
El último CIS (diciembre) indicaba que el 43% piensa que España está poco democratizada pese a que el 80,5% dijo haber ido a votar, es decir, la decepción y la cantinela de que no hay alternativa no minan la voluntad ciudadana de participar en las decisiones que afectan a todos. Pero es que la corrupción no suele castigarse en las urnas. Algunos han aumentado sus votos estando implicados y eso les ha permitido creerse más campeones aún: "Las urnas me han absuelto".
Y ese monumento a la impunidad es la confirmación de que la ética y sus valores, todo aquello que cohesiona cualquier colectivo, pueden irse al garete. No hay sitio para la recuperación con semejante losa sobre nuestras cabezas; solo queda esperar a ver si la tormenta que se avecina es tan grande como para que a alguno, al menos, le parta un rayo de una vez.

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