Más bromas

Alegando que en política pierde dinero, Mariano Rajoy da por probada su honradez de forma científica. Y punto.

No se toca fondo. Las sospechas se multiplican y los discursos no solo pierden credibilidad sino que acaban en desmentidos que se desmienten a sí mismos. Rajoy confesó que en política perdía dinero. Y quiso validar esa discutible apreciación como una evidencia científica de su honradez, tanto tiempo después de que la Ilustración dejara claro que son pruebas y razones y no las creencias las que se encargan de las certezas. De Cospedal equiparó prácticas económicas del PP a las comunes de "cualquier empresa", cuando un partido político nunca debería ser una empresa. Quizá le traicionara el subconsciente, pero hacer apología de la claridad no debería ser tan barato. Enarbolar la bandera de la transparencia exige que esta te anteceda, y no guardarla en un cajón por si no queda otro remedio que mostrarla. Menos, cuando ya están prohibidas las donaciones anónimas a los partidos.
Pero es peor buscar refugio en los intangibles. El líder del PP dice no ser presidente tampoco por "vanidad". No es fácil presuponer un espíritu aventurero e idealista en alguien que a los 23 ya era registrador de la propiedad con plaza, profesión más propia de un agorafóbico que comparece por circuito cerrado aunque esté en la habitación de al lado. La vanidad distorsiona la perspectiva de quien la padece, como quedó claro durante la Eurocopa cuando llamó "mis líos europeos", en tono fastidioso, a su trabajo institucional. Habrá excepciones pero igual que a los caracoles les gusta el sol, quienes vivieron de la ostentación se resisten a quedarse en la sombra.
Y con las fundaciones de los partidos en entredicho, nada menos que nace la Fundación España Constitucional. Sus artífices prometen reforzar la cohesión de los ciudadanos e invitan a la reflexión para la regeneración ética y política. Perfecto. Pero no olvidemos que este mensaje tan fresco es fruto del punto de encuentro de, atención: el incombustible José Bono, los inevitables Acebes y Zaplana o los recuperados de la UCD Martín Villa y Marcelino Oreja. Gente a la que como tampoco le guía ni la vanidad ni el dinero desea aportar su particular vigor a la sociedad civil. Está claro: todo es una broma, menos alguna cosa. 

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