Mundo real


Escenificar en pleno siglo XXI el reparto de la sopa boba sirve para comprender mejor la gravedad que acarrea el retroceso en materia social

Publicado en El Periódico de Aragón el 17 de febrero de 2013

Convencer mediante el uso de la palabra está pasado de moda. Debatir ideas que de verdad se escuchan y se contrastan es, como mucho, aspirar a unos juegos florales. De vez en cuando alguna frase ingeniosa hace fortuna y recuerda, con intermitencias, cuando los argumentos eran los ladrillos sobre los que se edificaban el presente y el futuro. Vivimos en un ambiente confuso de prioridades diluidas. Zygmunt Bauman lo llama "modernidad líquida", en la que todo fluye sin referencias claras y sin ofrecer soluciones permanentes. En manos de la especulación financiera, las desigualdades no hacen más que aumentar, dejando cada vez a más personas a la izquierda del poder, si no ideológicamente, sí en su experiencia vital. Se trata de un terreno inequívoco donde sobrevivir es una cuestión que también atañe a la dignidad.
Era en 1996 cuando Pierre Bourdieu ya advertía de que los nuevos movimientos sociales llevaban varias revoluciones simbólicas de retraso respecto a sus adversarios. Un detalle esencial para el sociólogo francés, ya que en general la izquierda clásica no ofrecía alternativas a la pérdida de importancia de los discursos. Mientras, al otro lado, el rodillo neoliberal, que es el de los mercados, no necesita ahondar en el lenguaje político. Se vale de la persuasión que, a través de los (sus) medios, modela la opinión pública --con frecuencia en tono paternalista--, y de la seducción, ejemplificando conductas. Ahí la reflexión es un acto subversivo y un estorbo. Está fuera de juego.
Hace unos días una iniciativa de Marea Naranja Aragón y de Gustavo García, director del albergue municipal, revivió la experiencia de la sopa boba. Escenificar en pleno siglo XXI aquel reparto popular de comida sirvió para comprender mejor la gravedad que acarrea el retroceso en materia social. Sentir un pasado de pesadilla de un modo tan cercano aviva la conciencia, o cualquier otro nombre que se dé a esa sensibilidad que nos alerta ante lo irrenunciable de lo propio y lo colectivo, y que solo se muscula cuando se ejerce. Es la otra cara de ese mundo virtual que nos empuja al aislamiento. Es el mundo viral, de contagios, de participación, de sentido común, de interés general. El de verdad. 
Fotos: Arriba, recreación de cómo las monjas de La Caridad repartían sopa boba entre los más necesitados en los primeros años del siglo XX. En las fotos del centro, algunos de los protagonistas, incluidos Gustavo García, director del albergue municipal, y el empresario Antonio Navarro. Sobre estas líneas, tres de las mujeres participantes, perfectamente ataviadas.para la ocasión.

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