El truco de la austeridad ya no oculta que el auténtico objetivo es demoler el Estado del bienestar que aún queda en pie
Publicado en El Periódico de Aragón el 21 de abril de 2013El Fondo Monetario Internacional (FMI) ha alertado sobre la posibilidad de que la crisis financiera se haga crónica si no se cambia el modo de abordarla. Pero la Europa de Merkel se hace la escéptica y sigue a lo suyo con la tozudez de un martillo pilón. Erre que erre. Aunque ya no nos engañan. La austeridad ya no puede ocultar que de lo que se trata en realidad es de la demolición (y privatización) del Estado del bienestar, y al fondo, como premio final, de la Democracia tal y como aún la conocemos o, al menos, su esencia ciudadana.
Todo esto es más que evidente en los países más exigidos, los del sur, que respiran por sus heridas. Así ocurre en Grecia, que ha necesitado de un presidente no electo, Papademos, y dos elecciones generales para sentirse medianamente estable, es decir, sumisa a Bruselas. O a Berlín. Conviene recordar que ya entró en el euro gracias a que Godmann Sachs les enseñó a falsear sus cuentas. Mario Draghi, ahora director del BCE, era entonces el vicepresidente para Europa.
Pero si las elecciones libres son una condición indispensable de la Democracia, la otra es que el Estado de derecho esté garantizado. Portugal conquistó el suyo mediante la llamada Revolución de los Claveles, que el jueves cumplirá 39 años. Recientemente, su Tribunal Constitucional consideró ilegal alguno de los recortes infligidos, lo que al final no será más que una anécdota para la troika que dirige sus cuentas y su destino.
Pero es Italia ahora el escenario y el espejo. Porque ya vivieron la corrupción y la desaparición de sus partidos tradicionales en 1994. Y porque los últimos resultados suponen un verdadero reto con una sola salida que no colapse: mejorar la democracia reavivando "la participación democrática" para recuperar "legitimidad". Será el país de la extravagancia, pero también de la imaginación. Y del realismo. Su futuro inmediato se antoja como una señal para todos, más allá de tecnócratas, troikas o eurogrupos.
Mientras tanto, en España, el injerto que fue la Transición se seca irremisiblemente, la planta original resurge y Mariano Rajoy, desde su plasma, sin preguntas y sin recursos, insiste con la cantinela de que no ha hecho lo que quería porque la realidad le ha ganado el pulso. Erre que erre.

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