En la actividad empresarial, y según el principio de Peter, Rajoy habría llegado ya a su nivel de incompetencia
La negativa de Rajoy a comparecer en el Congreso cuando la sospecha de la corrupción le ha alcanzado es una pésima noticia, no solo para él, sino para el futuro de todos. Incluso la patronal no deja de recordar el daño que esta hace a la economía nacional y a su imagen. Muchos de los suyos tampoco entienden ni comparten su postura. De un presidente de Gobierno cabe esperar la determinación de alguien que tiene bien cogido el timón. Más, si cabe, de quien tanto ha repetido y que ha basado su credibilidad en el abstracto concepto de "generar confianza", pero cuya idea confesa de gobernar es simplemente "resistir", como incluso ha plasmado en sus mensajes al tesorero que él nombró y tanto arropó.
En la actividad empresarial, y según el principio de Peter, Rajoy habría llegado ya a su nivel de incompetencia, pero los partidos son negocios muy peculiares. Y en realidad su puesto se lo debe al mérito del dedo de Aznar. Cabría esperar de la soberbia y la arrogancia de este que no fuera a elegir a alguien brillante que le hiciera sombra en la Historia sino, más bien, a alguien gris, sin iniciativa; el administrador obediente de un legado entendido como concesión. Aquí es donde aquellas virtudes de discreción y lealtad son, hoy, sus mismos defectos de indolencia y falta de liderazgo, con la clara vocación timorata y defensiva de su profesión de registrador precoz.
Su silencio, eso sí, nos permite tomar el pulso a la democracia por su lado mediático, donde el exempleado Paco Marhuenda lleva su fidelidad acrítica hasta el grado sonrojante de un vasallaje personal, cuando clama "comparecerá cuando quiera, para eso es el presidente del Gobierno", al tiempo que Pedro J. Ramírez ve campo abierto en su ambición por ser el ideólogo y el faro del país --o del mundo--.
El estilo estatuista del jefe del Ejecutivo, propio de mimos callejeros de mirada perdida, o quietista, que nos sugiere antes falta de empaque que serenidad, recuerdan en ocasiones la figura taurina de don Tancredo jugándose la vida. Sin embargo, su parálisis ya no le salva. Rajoy es ahora mismo un cadáver político al que solo le queda la honrilla de hacer un paseíllo digno hasta el Congreso, antes de que lo lleven a rastras.

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