¡Por fin!

Por su puesto, se olvidó de los tertulianos de oficio que tratan de encontrar siempre piojos en la calavera

Publicado en El Periódico de Aragón el 20 de octubre de 2013


Tira dibujada por Antonio Postigo para El Periódico de Aragón el 20 de octubre de 2011

Llegó a la redacción justo cuando los rumores se acumulaban todos en el mismo sentido, así que cuando finalmente se confirmó la noticia, ya entrada la tarde, no le cogió por sorpresa. Con sus reconocibles prudencia y sosiego, mantuvo su habitual método de trabajo: durante un rato recabó todos los detalles de última hora que pudo, separó sobre la marcha el grano de la paja (e incluso de alguna piedra), y se retiró a la soledad de su mesa, donde cada día tiene una cita con la inspiración bajo la luz de los flexos.

Por supuesto, no quiso saber nada de las atropelladas reflexiones de tertulianos televisivos y radiofónicos empeñados en buscar piojos en la calavera a toda prisa, sin llegar a ponerse de acuerdo en la veracidad que tiene un comunicado en el que se anuncia el final de una actividad terrorista si es leído con capucha o a cara descubierta.

No estamos ante un artista que se azore demasiado por el llamado síndrome del folio en blanco, caso de que lo sufra alguna vez. Por lo visto es habitual entre los genios de la escritura y la ilustración sentir cierta parálisis en el momento de afrontar un nuevo proyecto, una creación, una obra de la que se espera mucho. Lo describe muy bien Jöel Dicker en La verdad sobre el caso Harry Quebert, donde los dos escritores protagonistas pasan por ese trance en algún momento de su vida.

Pero no es el caso. Más bien al contrario, parece disfrutar cada día del reto diario de enfrentarse a la cartulina vacía con la misma responsabilidad, compromiso y entusiasmo que destacaba Josep Pla y que tanto rememora el periodista Patxi Zudaire cuando sostiene que escribir, crear ante un folio en blanco, es “la vida”. La cuestión es que aquella tarde de octubre el desafío se antojaba mayor y, sin embargo, se convirtió en el más fácil de todos. Cogió sus lapiceros y rotuladores y antes de que nadie se diera cuenta ya había vuelto a hacer magia sobre su escritorio: una paloma con ojos de asombro, hastío y esperanza, todo al mismo tiempo; una txapela en la cabeza, una rama de olivo en el pico y un bocadillo: “¡Por fin!”. Tras mandarla a filmar al taller regaló el original a un buen amigo. La dedicó: “La tira que siempre quise dibujar”. Y la firmó: Antonio Postigo. Hoy hace dos años.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

 
;